— Los fashionpedists

No descubro América si digo que la moda es aspiracional y que un logo dice mucho de quien lo lleva. Los logos, que son cosas muy devaluaditas, hablan del poderío económico, del status social o del gusto estético que queremos aparentar. Y está bien que así sea. La moda siempre ha mostrado de forma clara e inmediata la dinámica de clases. Cuando la criada copiaba, aunque fuese en mala calidad, los vestidos de su señora, la señora tenía que cambiar de estilo para seguir demarcando la barrera entre la clase ociosa y la obrera. Ahora, que los status se camuflan y todo está potencialmente al alcance de todos, la ropa, las marcas y sobre todo, los clones, se usan para afirmar o disfrazar la situación de cada uno. El sentido, sin embargo, sigue siendo el mismo: ascendente. Más dinero, más gusto, más poder.

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Me contaba el otro día una colega que trabaja en el H&M que mucha gente le pregunta quién es el diseñador “que tiene que comprarse” esta temporada. También, aunque eso ya lo sabíamos todos, que la gente se gasta mil euros en la colección de turno y luego lo devuelve. Sin que sirva de precedente, no vengo a criticar. Al revés; creo, como ya dije en otra ocasión, que en lo que pasa dos veces al año en la tienda sueca se condensa toda la aspiración, la estrategia y el ritual que comunica la moda en general y la moda de alta gama en particular. Otra cosa es que servidora vaya a comprarse un Margiela Hennes Mauritz, que nanai.

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No es que me guste el fútbol, pero uno no puede renegar de todo su pasado. Quien esto escribe pasó buena parte de su infancia metido en el Vicente Calderón, templo sacrosanto de tradición familiar. Comí pipas de calabaza viendo a Caminero, agité la bufanda rojiblanca en los goles y, cuando el Atleti hizo doblete, fui a la calle Mayor a ver los ponys que Jesús Gil se había traído de Marbella para emular el desfile triunfal de Aladdin. Con los años perdí el interés (y así sigo), pero eso no impide que siga enfrentándome con una mezcla de horror y fascinación a los partidos de la selección y a los múltiplex del Carrusel Deportivo, y que, de noche en noche, me quede hipnotizado ante esa jaula de grillos marrullera y faltona que dirige el otrora comedido y siempre engominado Josep Pedrerol en el sanctasanctórum de la caverna mediática. Y en esas me hallaba yo el otro día, viendo una entrevista edulcorada y cursi con Falcao, que es una especie de Mesías colombiano que ha venido para redimir a sus compis puteros a base de doctrina evangélica, cuando se me ocurrió darle a una vuelta a este tema que, de vez en cuando, me perturba: la alianza entre la moda y el fútbol, dos de las potencias alienadoras más destacadas de la sociedad capitalista, sistemas económicos perfectos, generadores de deseos, pasiones y ansiedades, religiones cuyos acólitos, ya sean hooligans hacinados en un sports bar o egobloggers haciendo cola a la puerta del H&M, simbolizan muchas de las contradicciones de esta nuestra sociedad.

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Por suerte (y sobre todo por salud mental) a la mayoría de mis amigos ni les gusta ni se dedican a la moda. Por eso siempre que alguno me pregunta “¿Vas a Cibeles?” “¿Qué tal los desfiles?” normalmente respondo, salvo excepciones, con un suspirito de esos que dicen más por lo que callan. Lo que ya no me preguntan es eso de “¿Y la moda española?” porque ahí ya saben que salto con un discurso largo y tedioso, como si la culpa la tuvieran ellos.

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