— Los fashionpedists

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París Fashion Week: entre el zapato de cuña y la López Ibor. Impresiones.

Tras el Gallianazo, los señores de Dior hicieron una vez más alarde de su doble moral: lo que debería haber sido un desfile histórico (mejor o peor, pero hablamos del fin de una era), se convirtió en una chorongada absoluta. “La hermana de Dior se exilió y por eso somos una casa tan tolerante que todo nos parece intolerable, menos el trabajo en la sombra de nuestras costureras”. Qué bonito, qué bucólico, qué sentido y qué hipócrita, frío y enrevesado.

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Con suela o sin suela, aquí nos quedamos

En la calle Valverde, donde antaño deambulaban algunas de las travestis más inteligentes de Madrid, hoy florecen negocios surgidos al amparo de dos fenómenos: el auge marquista de la calle Fuencarral, y el chic modernete de Triball. En toda esta maraña de maravillas fashionpedistas, tiendas de broches de fieltro y muñequitas ojerosas y establecimientos de dudoso pelambre, ha surgido, como una flor rara, Consuela.

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Ribes & Casals. Purgatorio de popelín. El cielo y el infierno.

En el corazón de todo estudiante del IED, de Academias Isa o del taller de costura de un centro cultural de periferia, hay un lugar que, conocido por primera vez, causa delirio. Hablamos de Ribes & Casals, ese templo de la tela, de la moda por metros, del tejido listo y dispuesto para ser cortado, cosido y destrozado. Sus orígenes se remontan a los orígenes del mundo y su diseño interior es fiel reflejo de los negocios que hicieron de Madrid una ciudad de modistillas y costureras. Todavía hoy, parte de su clientela está formada por esa élite envidiada y en extinción que son las señoras, mujeres que conocen el nombre de cada punto, de cada color, de cada estampado y de cada tejido, mujeres que saben bordar con nueve puntos diferentes, mujeres que han pasado la vida en zapatillas y que, sin embargo, saben más de moda que cualquier estilista de Vogue Hommes Japan.

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Desfile

Dícese de la presentación comercial de creaciones textiles mediante maniquíes o modelos que exhiben dichas creaciones. En los años dorados de la alta costura, los desfiles tenían lugar cada tarde durante un mes, en un salón del atelier de costura destinado específicamente a este fin. La escalera de espejos de Mademoiselle Chanel o la sala neogriega de Madame Vionnet son algunos de los ejemplos más excelsos de dichos salones. Se trataba de escenificar el poderío, de teatralizar la elegancia, de construir, por primera vez, el poder evocador y onírico de la moda. Con las puertas cerradas, en salones herméticos, la costura se configuraba como club privado accesible a unos pocos, como una labor tan secreta como la medicina, el arte o el cultivo de la reputación.

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