— Los fashionpedists

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Terror en el Museo

Terror en el Museo. Tú al Bershka y yo a Oz. El desenlace

Y ahí, bajo la atenta mirada de nuestras tres musas, se mecía el ahorcado. “Si tú sujetas por los tobillos un maniquí, y yo me subo a sus hombros, quizás pueda alcanzarlo. Antes de ser
bloggera, fui animadora de los alevines del equipo de Baloncesto de Moratalaz. No me será difícil” repuso la joven altruista.

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Terror en el Museo. Capítulo tres. Elogio del maxibolso en situaciones de muerte inminente

Corrieron nuestras tres heroínas por los corredores en penumbra de un Museo que, ahora que lo pensaban, nunca había estado excesivamente bien iluminado. Como un animal furioso, la fallera enmascarada trotaba tras ellas blandiendo su sierra eléctrica. La cosa se ponía fea: la distancia entre ellas se acortaba cada vez más, y las infortunadas blogueras veían a la muerte acercándose a sus lindas cabecitas a pasos agigantados. Entonces, la veterana tuvo una idea genial. Sin dejar de correr y tratando de no enredarse en sus propios tacones, rebuscó en su maxibolso y extrajo una de sus felices pertenencias: un carré casi casi auténtico con motivos de caza. “Muy apropiado para este momento”, pensó la jovencita, dejando caer el pañuelo al suelo. La fallera pisó aquel escurridizo fragmento de polyester y dio con sus huesos en el suelo con tan mala suerte que quedó inconsciente. La sierra mecánica, en un rincón de la sala, siguió girando sola como una peonza olvidada. El peligro había pasado.

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Terror en el Museo del Traje. Capítulo dos.
El brocado asesino

“Está feo que yo lo diga, pero lo que me encumbró a las más altas cotas del duro mundo del egobloggerismo fue mi frescura y mi habilidad para combinar el mono de obra con los armadillo de Mcqueen. Esa foto os pilló a todos desprev…” y una luz cegadora, una lluvia de flashes multiplicada por ochocientos, se apoderó del escenario. En cuestión de segundos, Pepito Bradshaw había desaparecido y nuestra bloggera altruista tenía las manos desatadas.

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Terror en el Museo del Traje.
Capítulo 1:
nunca subestime a un muso sin amor.

No era muy tarde, tampoco una noche de esas cerradas y tenebrosas con silbidos del viento y escalofríos repentinos, cuando nuestras bloggeras decidieron dar por finalizada su jornada festivo-eventil fabulosa. Se habían tomado tres vinos (que no dan gases) y un par de cócteles de esos fucsias que, junto con los cupcakes, convierten cualquier reunión de jovencitas estilosas en un acontecimiento de y sobre Moda. Llevaban, pues, el grado de alcohol justo como para no tambalearse en sus peeptoes-botines, pero sí para que sus cuerpos vestidos color verde mandarina sin madurar se estremecieran ante el post que se les avecinaba: Scott Shuman era bajito, sí, pero seguía siendo El Sartorialist. Tras cargar a cuestas con la bici de paseo por el empedrado, no les había suplicado una foto, pero se habían hecho una foto con él en el bar, que era casi lo mismo, ¿no?

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