— Los fashionpedists

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Fashiónpedia

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No tenemos un Project Runway. Ni un The Fashion Show. Ni por supuesto un The Fashion File. Resulta curioso ver cómo la moda, que despierta el interés de tanta gente, no acaba de encontrar un lugar estable en la televisión patria. No obstante, tenemos y hemos tenido algunos hitos televisivos.

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Entre las pocas efemérides que le interesan a quien esto escribe, las relacionadas con Michael Jackson son quizás las únicas que tienen fuerza suficiente para cambiarme el día. Una mañana me cuentan que hace exactamente 25 años que Bad salió a la luz, y de repente todo cambia. Recuerdo entonces que entre los 11 y los 14 años no escuché nada que no fueran discos de Jackson, que Thriller fue el primer cd que me compré (de catálogo, porque llegué tarde al vinilo) y que a los trece años enredé a media familia para conseguir ver a mi ídolo, ya en decadencia, en un muy decadente concierto en Valladolid. Y recuerdo, sobre todo, mi cassette grabada de Bad, con su carátula fotocopiada en la que casi no se podían distinguir los rasgos ennegrecidos (ironías del destino) de una de las imágenes más icónicas de la historia del pop: Michael Jackson vestido de cuero, correas y tachuelas, estrenando cirugía, con las manos en los bolsillos y una mirada levemente (sólo levemente) amenazante. Y pienso, entonces, que por qué demonios no puedo escribir un post sobre esto.

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No descubro América si digo que la moda es aspiracional y que un logo dice mucho de quien lo lleva. Los logos, que son cosas muy devaluaditas, hablan del poderío económico, del status social o del gusto estético que queremos aparentar. Y está bien que así sea. La moda siempre ha mostrado de forma clara e inmediata la dinámica de clases. Cuando la criada copiaba, aunque fuese en mala calidad, los vestidos de su señora, la señora tenía que cambiar de estilo para seguir demarcando la barrera entre la clase ociosa y la obrera. Ahora, que los status se camuflan y todo está potencialmente al alcance de todos, la ropa, las marcas y sobre todo, los clones, se usan para afirmar o disfrazar la situación de cada uno. El sentido, sin embargo, sigue siendo el mismo: ascendente. Más dinero, más gusto, más poder.

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No es que me guste el fútbol, pero uno no puede renegar de todo su pasado. Quien esto escribe pasó buena parte de su infancia metido en el Vicente Calderón, templo sacrosanto de tradición familiar. Comí pipas de calabaza viendo a Caminero, agité la bufanda rojiblanca en los goles y, cuando el Atleti hizo doblete, fui a la calle Mayor a ver los ponys que Jesús Gil se había traído de Marbella para emular el desfile triunfal de Aladdin. Con los años perdí el interés (y así sigo), pero eso no impide que siga enfrentándome con una mezcla de horror y fascinación a los partidos de la selección y a los múltiplex del Carrusel Deportivo, y que, de noche en noche, me quede hipnotizado ante esa jaula de grillos marrullera y faltona que dirige el otrora comedido y siempre engominado Josep Pedrerol en el sanctasanctórum de la caverna mediática. Y en esas me hallaba yo el otro día, viendo una entrevista edulcorada y cursi con Falcao, que es una especie de Mesías colombiano que ha venido para redimir a sus compis puteros a base de doctrina evangélica, cuando se me ocurrió darle a una vuelta a este tema que, de vez en cuando, me perturba: la alianza entre la moda y el fútbol, dos de las potencias alienadoras más destacadas de la sociedad capitalista, sistemas económicos perfectos, generadores de deseos, pasiones y ansiedades, religiones cuyos acólitos, ya sean hooligans hacinados en un sports bar o egobloggers haciendo cola a la puerta del H&M, simbolizan muchas de las contradicciones de esta nuestra sociedad.

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