
No es que me guste el fútbol, pero uno no puede renegar de todo su pasado. Quien esto escribe pasó buena parte de su infancia metido en el Vicente Calderón, templo sacrosanto de tradición familiar. Comí pipas de calabaza viendo a Caminero, agité la bufanda rojiblanca en los goles y, cuando el Atleti hizo doblete, fui a la calle Mayor a ver los ponys que Jesús Gil se había traído de Marbella para emular el desfile triunfal de Aladdin. Con los años perdí el interés (y así sigo), pero eso no impide que siga enfrentándome con una mezcla de horror y fascinación a los partidos de la selección y a los múltiplex del Carrusel Deportivo, y que, de noche en noche, me quede hipnotizado ante esa jaula de grillos marrullera y faltona que dirige el otrora comedido y siempre engominado Josep Pedrerol en el sanctasanctórum de la caverna mediática. Y en esas me hallaba yo el otro día, viendo una entrevista edulcorada y cursi con Falcao, que es una especie de Mesías colombiano que ha venido para redimir a sus compis puteros a base de doctrina evangélica, cuando se me ocurrió darle a una vuelta a este tema que, de vez en cuando, me perturba: la alianza entre la moda y el fútbol, dos de las potencias alienadoras más destacadas de la sociedad capitalista, sistemas económicos perfectos, generadores de deseos, pasiones y ansiedades, religiones cuyos acólitos, ya sean hooligans hacinados en un sports bar o egobloggers haciendo cola a la puerta del H&M, simbolizan muchas de las contradicciones de esta nuestra sociedad.
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