— Los fashionpedists

HISTORIA RETORCIDA DE LA MODA: ASPIRANDO A SER POBRES

No descubro América si digo que la moda es aspiracional y que un logo dice mucho de quien lo lleva. Los logos, que son cosas muy devaluaditas, hablan del poderío económico, del status social o del gusto estético que queremos aparentar. Y está bien que así sea. La moda siempre ha mostrado de forma clara e inmediata la dinámica de clases. Cuando la criada copiaba, aunque fuese en mala calidad, los vestidos de su señora, la señora tenía que cambiar de estilo para seguir demarcando la barrera entre la clase ociosa y la obrera. Ahora, que los status se camuflan y todo está potencialmente al alcance de todos, la ropa, las marcas y sobre todo, los clones, se usan para afirmar o disfrazar la situación de cada uno. El sentido, sin embargo, sigue siendo el mismo: ascendente. Más dinero, más gusto, más poder.

Pero hay una dinámica de la que creo que se habla poco cuando definimos la función social de la moda. Una dinámica inversa que mi mente perturbada cree que convive con la aspiración y la distinción social: la de las clases altas disfrazándose de clases bajas, o en términos actuales, la de los ricos disfrazados de pobres. Un hecho que, creo, siempre ha estado ahí, aunque hayan ido cambiando sus motivaciones y sus formas de manifestarse. Eugenia de Montijo llevaba una especie de chaqueta inspirada en la de las clases bajas, pero en materiales nobles (de la actual Duquesa de Alba no me atrevo a hablar, porque trasciende las modas), María Antonieta se pasó por el forro los códigos indumentarios de la época y se plantó un vestido camisero más propio de una campesina que de una reina. Dicen que el conde d’Orsay se convirtió en dandi e icono del estilo cuando le robó el paletot (algo así como un guardapolvo cutre) a un pobre. La revolución Chanel la provocaron un color denostado por las clases altas, el negro, materiales poco nobles y prendas asociadas al trabajo, como el blazer, hasta entonces el uniforme de los obreros portuarios… Como si la aristocracia, que prohibía al pueblo imitar su apariencia, marcara aún más la distancia que los separaba vistiéndose como ellos, dándoles a entender, de forma un tanto irónica y un poco perversa, que para ellos todo era posible. Como si las ricas clientas de Chanel, que ya no sabían cómo distinguirse e ir a la última, aceptaran encantadas las propuestas de Coco, sin importarles si las motivaciones de la diseñadora eran darle poder a la mujer a través del vestido. Eso probablemente viniera después. En aquel momento la clase alta venía de ponerse kimonos y ropa de inspiración oriental en un gesto extravagante que los alejara del resto en términos económicos y espaciales. Chanel, nunca mejor dicho, les vino de perlas.

El de pobre ha continuado siendo un disfraz atractivo para los que no lo son, al margen de los fines con que las marcas o los diseñadores coqueteen con este tipo de indumentaria. No importan las justificaciones del creador, lo que cuenta, al fin y al cabo, es por qué triunfan. El punk no era un disfraz, tampoco hablaba de pobreza, sino de degeneración y nihilismo, pero Vivienne Westwood abrió una tienda superventas e incluso la alta costura lo ha revisitado incontables veces. Ahí, cuando los mensajes estampados, los imperdibles y los rotos pierden su función simbólica y se convierten en mera mercancía, en mercancía carísima, vemos cómo la moda invierte los códigos y convierte lo marginal en exclusivo, riéndose, quiera o no, de reivindicaciones y desigualdades. Con mucha suficiencia además.

Los clientes de Margiela y Comme des Garçons rechazan la ostentación del lujo clásico, los logos y los prejuicios estéticos y se plantan jerseys rotos, pantalones manchados de barro o prendas envejecidas ocho tallas más grandes. Probablemente Kawakubo y sus reflexiones sobre lo femenino, lo armónico, el ascetismo y el wabisabi fueran por otros derroteros. Como las de Martin. Pero a efectos prácticos sus compradores pagan cientos de euros porque quieren ser innovadores y creen tener un gusto estético superior al de aquellos que se visten con logos o prendas tendenciosas. Por eso se disfrazan de pobres, porque ellos molan más que los simples pudientes. Marc Jacobs probablemente hiciera con el grunge lo que otros hicieron con punk, no lo tengo claro. Pero puso de moda las enormes bolsas de plástico y cuadros que llevan muchos indigentes en sus carritos y en las que muchos guardamos los jerseys en verano. Al frente de Vuitton, la marca de lujo con el logo más famoso y aspiracional del mundo, ha jugado con la destrucción, la basura, los rotos e incluso esta temporada esos gorros inmensos y esas superposiciones incoherentes nos recuerdan a los vagabundos. Galliano diseñó “Hobo”, una colección inspirada en los clochards que duermen en el Sena y, polémicas aparte, las camisetas que simulaban estar hechas con papel de periódico fueron un hit. Un hit firmado por Dior.

Un bolso de Vuitton o una camiseta de J’adore Dior probablemente sean una horterada, un quiero y no puedo que compran los nuevos ricos o las chonis que llevan meses ahorrando. La señora que quiere que todo el mundo la mire o la joven que cree que algo es mejor porque es de marca probablemente no crea que las clases sociales siguen existiendo o, al menos, que pueden borrarlas a golpe de bolsos. Pero no puedo dejar de pensar en todos los que se apuntan al homeless chic y en el horror que me produce ver esa palabra escrita. En los que pagan miles de euros por un jersey con agujeros o un vaquero roto de Balmain y creen que de esa forma se salen del gusto general y reivindican su superioridad estética. En los que derrochan para demostrar que el lujo, el logo y la ostentación son de pobres de dinero y de espíritu y se visten como “los pobres deberían vestirse”. Porque no hacen otra cosa que mostrar, lo sepan o no, que sus ropas deberían ser el uniforme de los que no pueden permitírsela, y como los que no pueden pagarla intentan vestir disfrazando sus carencias, ellos se lo recuerdan. Como si no sólo su cartera, sino su sentido de la estética fuera superior al del resto, que quiere ostentar, llenarse de logos o aspirar a modelos estereotipados. Como si los logos democratizaran y las manchas de barro a dos mil euros nos recordaran que moda y democracia son antónimos.

Se invierten los códigos, pero no del todo. La criada que el domingo se viste de señora reivindica un deseo, pero la señora que se disfraza de criada muestra un abismo social. La choni con el bolso de Vuitton cree que está más guapa si lleva un objeto que puebla las revistas y llevan las famosas. La rica que lleva un jersey roto de CDG, unos pantalones sucios de Margiela y unas ojeras pintadas con una base de YSL sabe que no va guapísima, pero que de esa forma innova y se distingue de sus amigas ricas imitando lo que ella cree que debería ser un pobre. Luego está la gente como yo, que no puede permitirse un Comme des Garçons de los noventa pero suspira por él y mira por encima del hombro a los que van cargados de logos. Pero entonces veo editoriales del Vogue India o me acuerdo de ese pozo de sabiduría que es Zoolander y de “Derelict”, el desfile inspirado en indigentes, drogadictos y prostitutas del diseñador de la película, y no puedo no pensar en lo cínica que es la moda y en lo perversos que pueden llegar a ser muchos de sus consumidores, y me jode querer vestirme de pobre, aunque sea tan pobre que no pueda permitírmelo.

Escribe CatyShark de Aragón | ilustra Pitina Caleya.

6 comments
  1. Lady K says: 3 diciembre, 201212:43

    aun a riesgo de ser pelota, lo diré :P LAS PLAS PLAS PLAS!!! pienso difundirlo pero que mucho.

  2. Lady K says: 3 diciembre, 201212:46

    no era un smiley! eran dos puntos y una “p”, que decidieron conspirar en mi contra.

  3. Mary Meadow says: 3 diciembre, 201213:16

    Queridísima enciclopedista de la moda, oráculo mío, ¿fue Coco Chanel la que dijo algo así como “nunca seremos lo suficientemente ricas como para comprar algo barato”?

  4. Mary Meadow says: 3 diciembre, 201213:18

    Queridísima enclopedista, oráculo nuestro ¿fue Coco Chanel la que dijo eso de “nunca seremos lo suficientemente ricas como para comprar barato?”

  5. ex-dr says: 3 diciembre, 201215:10

    Muy buen artículo. Deberían enseñarlo en las escuelas de egobloggers, incluso en los colegios públicos, concertados y privados, para cada uno las enseñanzas que aprenderían serían distintas pero necesarias para todos.

  6. Uno says: 10 junio, 201421:13

    ¿Y qué es un perroflauta, sino un niño pijo disfrazado de lo que él cree que es un obrero, sin reparar en que los proletarios de su edad gastan Nike de muelles y gorras de más de 50 €? Se cree con derecho a decirle a los trabajadores lo que deben hacer porque ellos no saben lo que les conviene, esto es, se cree mejor que ellos.

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