— Los fashionpedists

VENDER CAMISETAS. FÚTBOL Y MODA

No es que me guste el fútbol, pero uno no puede renegar de todo su pasado. Quien esto escribe pasó buena parte de su infancia metido en el Vicente Calderón, templo sacrosanto de tradición familiar. Comí pipas de calabaza viendo a Caminero, agité la bufanda rojiblanca en los goles y, cuando el Atleti hizo doblete, fui a la calle Mayor a ver los ponys que Jesús Gil se había traído de Marbella para emular el desfile triunfal de Aladdin. Con los años perdí el interés (y así sigo), pero eso no impide que siga enfrentándome con una mezcla de horror y fascinación a los partidos de la selección y a los múltiplex del Carrusel Deportivo, y que, de noche en noche, me quede hipnotizado ante esa jaula de grillos marrullera y faltona que dirige el otrora comedido y siempre engominado Josep Pedrerol en el sanctasanctórum de la caverna mediática. Y en esas me hallaba yo el otro día, viendo una entrevista edulcorada y cursi con Falcao, que es una especie de Mesías colombiano que ha venido para redimir a sus compis puteros a base de doctrina evangélica, cuando se me ocurrió darle a una vuelta a este tema que, de vez en cuando, me perturba: la alianza entre la moda y el fútbol, dos de las potencias alienadoras más destacadas de la sociedad capitalista, sistemas económicos perfectos, generadores de deseos, pasiones y ansiedades, religiones cuyos acólitos, ya sean hooligans hacinados en un sports bar o egobloggers haciendo cola a la puerta del H&M, simbolizan muchas de las contradicciones de esta nuestra sociedad.

Y, para ello, dejo claro en primer lugar que me interesa poco o nada la existencia de futbolistas fashioneros que se tiñen las puntas, se ponen faldas o marcan abdominales en elegantes fotos en blanco y negro, que ya se sabe que es el tipo de foto más adecuado y fino para anunciar calzoncillos caros. Ellos son celebritis, y son futbolistas igual que podrían ser cantantes de una boys band, actores de telenovela o estrellas del porno hardcore, pero están desprovistos del aura sobrio y más o menos heroico que adornaba a los futbolistas de mi infancia y que hoy conservan unos cuantos de sus compañeros, que son los que (aparentemente) conservan algo de cordura y medida a pesar de los contratos millonarios y las casas que Joaquín Torres les fabrica en serie.

Tampoco nos interesan especialmente las novias y esposas de esos mismos futbolistas. Primero, porque a todas las viste la hija de Radomir Antic, que se ha montado un chiringuito estupendo a base de ponerles smoky eye disfrazarlas a todas de Sara Carbonero, y, segundo, porque la mayoría son blogueras a sueldo y se encargan ellas solitas de compartir su talento con el mundo.

Nos interesa mucho más, por ejemplo, Andrés Iniesta, ese hombre que posiblemente no se haya quitado el chándal desde los tres años. Iniesta despierta una cierta ternura porque es un héroe en su pueblo, tiene un talento conmovedoramente pésimo para la publicidad (¡Kalise para todos!) y está indefectiblemente pálido. Cuando yo iba al colegio, había un niño que aparecía cada día en clase con el balón bajo el brazo, vistiendo un chándal algodonado, preferiblemente azul marino, que era más elegante y formal a la vista de la madres. Hoy, Iniesta sigue siendo un chico de chándal, y se le agradece que se haya mantenido al margen de los logos y las camisetas ajustadas de Emporio Armani, que son el uniforme oficial de los futbolistas que juegan en España. Las razones sociológicas que justifican esta querencia por el marquismo parecen bastante claras: son indicios de lujo fácilmente reconocibles, como lo fue en print de Burberry para los chavs ingleses o los bolsos falsos de Louis Vuitton para toda princesa de barrio. La estética futbolera, en el fondo, tiene algo de ostentoso y, como diría alguna pija ancien régime de merienda en Embassy, es muy de nouveau riche: marcapaquetes, metrosexual, brillante y marquista. Representan una historia de ascenso social, de triunfo y de éxito, desde lo más bajo (familias humildes, futbito en los parques) hasta lo más alto (un cochazo, un casoplón en La Finca, una novia de Victoria’s Secret). Como tal, hay poco que objetar.

En el otro extremo, como siempre, está el minimal. Porque, claro, cuando hablas de moda y fútbol, siempre hay algún listo que salta con que “Guardiola tiene mucho estilo”. Guardiola, esa especie de pequeño gurú del twitter sin twitter que empezó dirigiendo un equipo y ha terminado dando su rostro a un sinfín de libros de autoayuda, superación y emprendimiento. Guardiola, que presume de elegante porque su novia trabaja en una multimarca, decidió refinar a los ilustres mastuerzos del Barça y no se le ocurrió nada mejor que vestirles de DSquared2, que debía de parecerle algo muy intelectual y muy exótico. Claro que todo es relativo y, para un futbolista, las horteradas de DSquared2 son el equivalente a Dries Van Noten para todo aquél que calce zapato. Así que, en un santiamén, vistió a toda la plantilla azulgrana con trajes ceñidos, todo muy diseny catalá y muy “qué clase tienes, nen”.
Porque, no hay que olvidarlo, el fútbol ha sido, es y será un filón para la moda. Dirk Bikkembergs empezó siendo uno de los seis de Amberes pero pronto se cansó de hacer golas de esparto y descubrió que lo suyo eran los futbolistas y, en concreto, los futbolistas italianos. Así que, como es belga y conceptual, decidió tomar el fútbol como concepto base. Sus colecciones, carentes de juegos geométricos o formales, cargan las tintas en ciertos guiños bastante obvios (un número de equipación por aquí, un bolso en forma de balón por allá), son plenamente body conscious y van acompañadas por gestos tan significativos como “comprarse” un equipo de fútbol que le aseguró, durante varias temporadas, modelos “con carácter” a buen precio para sus desfiles. El resultado, no vamos a negarlo, es bastante bueno. Hoy, Bikkembergs tiene una marca que vende prendas para el niño y la niña, para el señor y la señora, para el machirulo chandalero y el moderno que quiere un toque gamberro en sus zapatillas. Algo parecido han tratado de hacer Dolce & Gabbana, aunque ellos, que son muy poco conceptuales, muy poco sutiles y enormemente dotados para el marketing, optaron por una gloriosa apoteosis de la carnaza: hubo un tiempo no muy lejano en que más o menos la mitad de la población occidental esperaba las campañas publicitarias de su línea de underwear, protagonizadas por los más egregios miembros de la selección italiana de balompié.

Y es que no es nada raro que, hoy, los futbolistas hagan sus horas extras como modelos. Los directivos de Mango, que barren para casa, han tomado a Piqué como imagen de sus colecciones. Craso error, porque el marido de Shakira posa mal, sonríe peor y, en sus fotos, hasta la prenda más sobria parece sacada de Gandía Shore. Algo más comedido, formalito y circunspecto es el madridista Xavi Alonso, pionero del hirsutismo en el campo de fútbol y novísimo protagonista de una campaña muy sobria y muy sin más de Emidio Tucci, esa marca que compran los señores que siguen yendo a El Corte Inglés porque todavía no han descubierto que en Affinity los trajes son más baratos y les hacen el apaño. Poco importan sus dotes de modelo, aunque nadie puede negar que el chico sabe mirar a la cámara y, en el fondo, hace su trabajo. En los círculos futboleros, se suele decir que un jugador mediático, más que para meter goles, sirve para vender camisetas. Así que a nadie debería extrañarle esta alianza entre moda y fútbol. Su objetivo, a fin de cuentas, es precisamente ése: vender camisetas.

Escribe Mariano José de Farra | ilustra Pitina Caleya

1 comment
  1. ex-dr says: 20 noviembre, 201218:30

    Me postro ante tanta sabiduría. Me compro vuestra camiseta. Me rindo y entrego al fashionpedismo.

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