LEGIONARIOS DEL LIBRO EN LA FERIA DEL ÍDEM. LA LECTURA COMO ESCUDO Y COMO ARMA ARROJADIZA (y II)

En el que Mariano J. de Farra toma el relevo a Caty Shark de Aragón y concluye la lista de situaciones dadaístas en la Feria del Libro con sus correspondientes antídotos librescos.
vii.
Paseando por la feria, uno se encuentra con muchos libros que se presentan a sí mismos como panaceas y manuales para conseguirlo todo en la vida: mayor efectividad, equilibrio sentimental, comunicación fluida con tus ángeles guardianes y creatividad ilimitada en el terreno de las malenis. Y esto me hace pensar que la mejor literatura es un fin en sí misma, y que la escritura puede generar universos autónomos por sí sola. La lectura inmotivada es uno de los ejercicios más placenteros que existen, y Raymond Roussel uno de sus más entregados adalides. La reciente edición de Locus Solus que ha publicado Capitán Swing es una joya aparentemente inútil con efectos de largo alcance: un paseo por una especie de parque temático lleno de objetos bizarros y de narraciones exóticas que se encajan unas en otras como matrioshkas de Margiela. Un placer, que diría Sara Montiel. Un lo más, que diría Josie. Un Stendhal, que diríamos nosotros, oh snobs.
viii.
Los que me conocen (por ejemplo vosotros, queridos lectores) saben que nada de lo alambicado me es ajeno. La complicación gratuita me parece un plus casi siempre. No me sucede así, sin embargo, con la extensión. La verborrea es uno de los peores defectos de la literatura, y mientras uno recorre el Paseo de Coches del Retiro, se asombra de la cantidad de obras innecesarias e innecesariamente largas que pueblan las casetas de algunas editoriales. Sagas infinitas, tesis doctorales sin revisar, novelas interminables. Es cierto que Proust escribió 7 volúmenes de su obra maestra, pero es que era Proust. Y Proust sólo hubo uno. Así que, contra la verborrea, la poesía. Y contra los libros largos de poesía, los libros cortos. Un poema breve de un libro breve puede ser un escape a la verborrea institucional. Tomen, por ejemplo, Algo menor que el corzo, el poemario de Christian Law Palacín publicado por Pre-textos hace ya un par de años (dos años en poesía no son nada), cuya cubierta azul eléctrico asoma tímidamente entre los libros de esta extraordinaria editorial levantina. Y lean cosas como ésta, que vale más que catálogos editoriales enteros.
ix.
Los best-sellers son entidades problemáticas, especialmente cuando se postulan como tal a priori, es decir, antes de haber vendido las copias suficientes para ser considerado un best-seller. Sin embargo, hay multitud de libros que presumen de dicha condición y venden la piel del lobo antes de cazarlo. Son fácilmente reconocibles, ya que aúnan una cantidad increíble de brillos, satinados, pinceles y filtros de photoshop superpuestos en la pequeña superficie que ocupa una portada. Su nivel de perogrullismo también es proverbial: por todos sitios encontraremos, bien visibles, decenas de citas y categorizaciones dignas de un alumno de primero de marketing: “La nueva novela del genial autor del inmenso éxito XXXXXX”; “Una historia de amor y ambición en un escenario exquisitamente vintage”; “El Tolkien del Steampunk ucraniano”; “Si disfrutaste de ‘La elegancia del erizo’, ‘La eriza elegante’ te cautivará”; “La Amélie Nothomb de Collullos del Tajuña” o “El Cervantes de la Conchinchina de En Medio”. Los méritos de estos títulos son indiscutibles: enganchan, son entretenidos y conectan con una gran parte del público que no tiene por qué interesarse por otros títulos más ‘culturetas’ (que es una palabra muy de los noventa, muy Coixet). Sin embargo, al verlos en la feria, uno se pregunta qué pasaría si todo ese público abriera la primera página de El escondite de Grisha, de Ismael Martínez-Biurrun, editado por Salto de Página, y empezara a leer. Posiblemente se engancharían a esta novela oscurísima y emocionante que, al mismo tiempo, está excelentemente escrita, y que no abusa de referencias en portada ni de grandes estrategias de marketing. Simplemente, una novela directa y potente. Misterio del bueno, y buena prosa. Una lección para muchos, y una recomendación desde ya.
x.
La literatura contemporánea es un club social como otro cualquiera, uno de esos círculos en los que el placer se obtiene a partir de citas y nombres que unos reconocen y otros no, para alegría y satisfacción de los primeros. El marketing literario se dirige cada vez más hacia ese público que no es erudito pero que se hace pipí del gusto cuando capta, en el discurso de un pope de la intelectualidad, una referencia que le parece tan bizarra y tan exquisitamente rara como para no ser todavía del dominio público. Es una especie de club de campo para iniciados del que, en ocasiones, nosotros también formamos parte. Es lógico y normal. Algún defecto teníamos que tener, oh nosotros, débiles gafapastas (lo de snobs ya lo he escrito más arriba). Pero cuando los editores se ponen abusones y reeditan las cartillas Micho de Clarice Lispector, las recetas de cocina de Simone de Beauvoir y las listas de la compra de Foster Wallace, nosotros sentimos la inminencia de la pulsión de muerte. Y entonces nos lanzamos en plancha sobre esas obras maestras que, estén o no de moda, nos reconcilian con la literatura, con los modernos y con el tabaco de liar. Entre ellas, un nombre: Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino (Siruela), que demuestra que la postmodernidad genera, de vez en cuando, obras maestras absolutas.
Escribe, Mariano José de Farra | ilustra Syl ST
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