— Los fashionpedists

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28 junio 2012 Monthly archive

De los grandes diseñadores actuales, Marc Jacobs es el más entregado intérprete del papel de Enfant Terrible de la moda. No hay más que ver sus calculados ejercicios de egocentrismo, sus arrebatos de niño malo y sus milimétricas provocaciones al mundo de la moda. Ha cultivado una imagen de creador entregado a una labor sagrada, de control freak, de maniático obsesivo y de víctima de arrebatos místicos que acaban fructificando en vestiditos, bolsitos y demás memorabilia. Es algo así como un Salvador Dalí en sus últimos años: una celebridad que sabe que las salidas de tono, los esperpentos y los taconazos en la mesa son una herramienta idónea para convertirle a uno en leyenda. Por eso, después de colaborar con artistas calculadamente comerciales, su idilio con Yayoi Kusama (que, recordemos, es una señora que lleva décadas viviendo en un psiquiátrico y que ha hecho de su patología una de las claves de su appeal masivo) tiene toda la pinta de ser un “más difícil todavía” y un elogio de la locura en toda regla.

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El otro día, bueno, varios días, hemos hablado sobre diseñadores o marcas que apuestan por una línea creativa y/o un modo de comunicar su trabajo completamente diferentes a los que estamos acostumbrados a ver y de los que estamos hartos de quejarnos. Gente que no hace ropa porque ser diseñador es súper cool y vas a muchas fiestas, sino porque es su vocación y, sobre todo, su trabajo. Gente que cree que tiene algo que ofrecer y se deja los cuernos para poder ofrecerlo. Dior los bendiga. Porque a veces España y parte del extranjero parecen un erial, el mismo perro con distinto collar y el eterno retorno de lo mismo.

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El Retarded Style, cuyo auge constatábamos hace ya un año en la primera serie especial de la era del Fashionpedismo, muestra a veces interesantes ramificaciones interculturales. Por ejemplo, los mercados. Lo que en España es el Nómada Market, en París se llama Salon Pop-Up. Y, por avatares de la vida, quien esto escribe tiene la fortuna de asistir al Salon Pop-Up como ayudante de una de las marcas participantes. No es que me haya pasado un mes haciendo curriculums con Washi Tape, no; es que una amiga me ha ofrecido acompañarla a cambio de pasar unos días en París de rebote. Y claro, uno no es inmune a los apaches, a la Triennale del Palais de Tokyo, a pasar una tarde holgazaneando en la Place des Vosges ni a visitar la exposición sobre zoos humanos del Musée du Quai Branly o las Judiths de Artemisia Gentileschi en el Musée Maillot. Cada uno tiene sus filias, y las mías son poderosas. Así que, por arte de birlibirloque, me encuentro durante dos días pasando mis horas en una enorme nave de la Cité des Sciences, vendiendo pendientes a parisinas y bebiendo cafés malos (ver más adelante). También aprovecho para redactar una serie de humildísimas notas mentales, que ahora comparto con ustedes.

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Resulta llamativo que, en francés, a un animal disecado se le llame “naturalisé”. A la hora de definir el mismo fenómeno, nosotros nos centramos en el proceso -algo desagradable y casi obsceno-, mientras nuestros vecinos del norte prefieren dirigir su atención hacia el efecto final, que consiste en devolver una fugaz ilusión de vida a lo que ya está muerto, en llevar a cabo un simulacro que recree la vida en libertad de una máquina viva. No hay que olvidar que los animales disecados fueron los grandes protagonistas de los museos de Ciencias Naturales hasta que fueron sustituidos por la epidemia del “panelismo”, invadidos por paneles, diagramas, hologramas y pantallas táctiles que abruman al espectador con una montaña de información estéril que ha terminado desplazando al gesto elemental de la observación.

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