— Los fashionpedists

Shocking! La langosta rediviva y las perversiones de la nostalgia

Vuelve Schiaparelli. Nada más saltar la noticia, una gallina en una granja de la Toscana ha tenido un ataque oligofrénico y ha empezado a poner huevos de Fabergé. En Madrid una señora se ha quedado picueta mientras compraba Migas Precocinadas en el Mercadona de Serrano (what else?), y en París Karl Lagerfeld se ha equivocado de iPod y una canción de Baptiste a todo volumen le ha dejado insomne por un mes. Tan sólo en un lujoso ático milanés reina la euforia. Es Miuccia Prada, que ríe. Porque nos la ha colado. Otra vez. Doblada.

Si no comprenden las razones de tal alboroto apocalíptico, al menos reconózcannos que en la recuperación de Schiaparelli, más de medio siglo después de su desaparición, hay un puntito de necrofilia. No seremos nosotros quienes neguemos los hallazgos estéticos e indumentarias de uno de los nombres esenciales de la moda del siglo XX. Somos admiradores declarados de lo que hizo Elsa Schiaparelli, pero lo hizo hace mucho tiempo. La moda no es la misma, el gusto tampoco, y para la mayor parte del público su nombre no significa absolutamente nada. No en vano, hace tiempo propusimos un improbable regreso de la italiana más disparatada entre Lucrecia Borgia y Cicciolina. Por eso, estamos ante una genialidad o un desvarío, monumental en cualquiera de los casos. Como nosotros no nos vemos capaces de dilucidarlo, nos limitamos a apuntar aquí algunas cuestiones para la reflexión.

  • Juntas pero no revueltas: como el relanzamiento de la marca coincide con la inauguración en el MET de una expo sobre Prada y Schiaparelli, detengámonos brevemente en estas extrañas compañeras de cama. Siendo muy fans de las dos, no alcanzamos a ver la relación entre ambas. Ni nosotros ni nadie, porque más allá de vaguedades referidas a la inspiración artística o a la feminidad fuerte, tampoco hemos oído argumentos que justifiquen esta unión imposible. Schiaparelli muestra más puntos en común con Saint Laurent, con Galliano, con McQueen o con Gaultier que con Miuccia. Prada emplea el arte como herramienta de márketing, no como base estética. Y Schiaparelli tuvo un ojo comercial sólo regular, que le fue muy bien mientras París fue una fiesta y las Vanguardias eclosionaban, mientras Prada ha sabido adaptarse a distintos mercados y vender lo invendible en sitios donde parecía imposible vender. Pero allá los comisarios con sus toques de autor. Ahora bien, la pregunta es ¿por qué esto no lo ha comprado Prada?
  •  El trío lalalá: El sistema de marcas que domina el mundo de la moda hoy surgió después de la Segunda Guerra Mundial. Dior, Chanel (la de la segunda etapa, la poderosa), las industrias italianas resurgidas tras la posguerra, la alta costura, las copias y el pret à porter… Sin embargo, de un tiempo a esta parte, a la vista de que todo hijo de vecino tiene un librito de Historia de la Moda, hemos visto el renacer de marcas de entreguerras que creíamos olvidadas. En ese sentido, la recuperación de Schiaparelli es la culminación de la reivindicación de la trinidad de “mujeres fuertes” de la época. Lanvin (que ha tenido su aquél con Elbaz hasta la debacle sueca), Vionnet (que, a pesar del impresionante archivo que atesora, sigue siendo esa marca que ni despega ni entusiasta) y, ahora, Schiaparelli, representante de lo mejor y de lo peor de la época de las Vanguardias. No descartamos que futuros “hallazgos” profanen las tumbas de Poiret, Worth y Molyneux. Y, si hace falta, de la sastra de Isabel la Católica. Puestos a reivindicar lo histórico…
  • La Schiaparelli que nos espera: lo que no sabemos muy bien es qué va a pasar con la marca. Cómo va a ser. Qué parte va a recuperar la esencia Schiaparelli, y qué parte se va a posicionar como marca de lujo sin más. Es improbable que el público vuelva a sentirse cómodo con las excentricidades de una diseñadora visionaria y rompedora, pero asociada a una ética y una estética ya absolutamente difuntas. Si optan por tirar de archivo, se nos viene encima una avalancha de gadgets color fucsia (que era shocking en los años 20, pero que ahora está casi prohibido), jerseys con trampantojos y cardigans con botoncitos de langosta. O fundas de iPad con estampado de langosta. Es decir, cosas que hace mucho tiempo que están presentes en la moda nuestra de cada día, que para eso Elsa era una visionaria. La otra opción, la buena, es que la dirección la asuma un diseñador-autor de los de verdad y se haga un Galliano como mandan los cánones. Aunque el fracaso de Manish Arora en Paco Rabanne nos hace pensar que segundas partes nunca fueron buenas, y que es muy difícil empezar la segunda etapa de una marca décadas después de que terminara la primera.

Espinoso asunto éste, y en cierto modo preocupante. ¿Qué pasa con los diseñadores de nuestro tiempo? ¿Tan aburrido estaba el señor de Tod’s que ha decidido invertir en una difunta en lugar de dar soporte a un nuevo diseñador que pueda dar forma a nuestro tiempo? El gran mérito de Schiaparelli es que fue una mujer de su época, una creadora que vivió rabiosamente el tiempo que le tocó vivir y que bebió hasta la última gota de la modernidad de Entreguerras. En un gesto radical muy de vanguardias, Schiaparelli rechazaba el pasado y apostaba por el futuro. Cuando abrió su tienda en la Place Vendôme, lo hizo bajo su nombre, desafiando a la cursilería antigua de las Lanvins y Lelongs que partían el bacalao. Hoy, su nombre tiene un jenesaisquoi de rancio, de añejo, de pasquín futurista encontrado en el baúl de la bisabuela, y es así porque Schiaparelli vivió su tiempo y se marchó cuando los tiempos cambiaron. Parece improbable, por lo tanto, que su radicalidad estética vaya a poder reciclarse en forma de nostalgia de una época perdida, tan lejana que ya nadie la recuerda.

Escribe Mariano José de Farra | ilustra Syl St.

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