La burguesa milanesa y el quimérico inquilino. Pagadme la terapia.

La semana pasada decía que los fashion films eran el nuevo negro, entre otras cosas, porque permitían contar una historia a través de los vestidos y, lo que es más importante, narrar la identidad de la propia marca. Hablaba del recurso al fetichismo en el cine mudo y hablaba de Prada, porque era pionera en el asunto y porque yo ya he asumido que todos los caminos me llevan a Prada y que esto me lo tengo que mirar. Pero hoy no es día de mirarse posibles desórdenes psicológicos. Hoy es día de hablar de ellos. Aunque igual así, hablando de la Terapia de Prada, hago yo también la mía:
El caso es que yo el otro día daba vueltas a este tema. Y este Lunes aparecía Polanski en Cannes para presentar un documental sobre su reciente arresto domiciliario, una versión restaurada de Tess (viva Nastassja Kinski) y, sin previo aviso, lo que él mismo denominó un “antianuncio” para Prada. Me encanta tener razón.
El vídeo ya lo habéis visto. Va la Bonham Carter a psicoanalizarse, se siente sola, quería mucho a su padre, su padre le dejó mucho dinero, pero ay, ay, “el dinero es una maldición”. Y mientras ella desnuda su alma y sus pies de millonaria frustrada, Ben Kingsley, el psicoanalista, acaba cediendo a la atracción que ejerce el abrigo de su paciente y se lo acaba poniendo, porque “Prada suits everyone”, a los millonarios frustrados, a los fetichistas, a los que tienen problemas de identidad. A todos.
Prada fue pionera en apostar por esto de los vídeos. No vio problemas, todo lo contrario, en unir fuerzas en 2008 con Showstudio, el miniemporio de la moda en vídeo. Mientras la mayoría de las marcas de lujo reconocidas se sumaban al cortometraje pero dejaban pocos huecos para la experimentación, Miuccia se lió la manta a la cabeza y creó “The trembled blossoms”, una historia de hadas, reinos fantásticos, ofrendas y bolsos a partir de las ilustraciones de su desfile de Otoño de 2008. Pero es que Prada no es una marca de lujo más. Prada ha logrado hacernos creer que no tiene nada que perder, que puede hacerlo todo y todo cada vez de forma distinta.
Si tuviera que definir sus señas de identidad en tres palabras, creo que éstas serían poder, cultura e ironía. Toma complejidad. En una marca de moda que es, en mi opinión, de las mejor construidas. A loco.
Lo de la cultura supongo que es más que obvio. Es una de las coleccionistas de arte más importantes del mundo, algo así como la Peggy Guggenheim del siglo XXI. Y no le hace ascos a nada: cine, libros, arte, arquitectura…lo que sea. La cantidad de cultura que Miu patrocina es inversamente proporcional al grado de frivolidad con el que apreciamos su marca de moda; como si su ropa fuera el dresscode de la gente lista y poderosa, de la Wintour a las eurodiputadas.
Y es que si pienso en Prada pienso en una reflexión irónica sobre el poder y en una lucha rebelde (y más irónica aún) contra la frivolidad. Patrocina y apoya a artistas que se ríen a mandíbula batiente de la moda y se alistan en la liga contra el consumo. Patrocinándolos, cierra bocas y neutraliza críticas que, si no fuera por su respaldo, irían directamente dirigidas a ella. Y a la vez nos hace ver que lo suyo no es la moda, es otra cosa además de la moda.
Por eso el antianuncio de Polanski me resulta tan coherente; algo así como el level 2 (o el level 27) en la comunicación de Prada: reflexionando, reflexionando, cuestionando mis orígenes de burguesa milanesa, lidiando con el conflicto de dedicarme a vestir a esa misma burguesía que me provoca conflicto, acabo rodando el psicoanálisis.
Unos años antes, Miu se hermanó con la artista Nathalie Diurjberg y sus intalaciones de hijas de plastilina que tiene una relación trágica con sus madres de plastilina. En aquel momento le pareció una buena idea, porque le recordaba al conflicto con su propia madre, una rica milanesa dueña de una marca de bolsos para ricos milaneses.
Unos meses antes, lanza Muta, el vídeo de Lucrecia Martel para Miu Miu sobre chicas enajenadas encerradas en un barco que no se sabe muy bien si acaban matándose unas a otras. Unas semanas antes lanza The Woman Dress, otro vídeo para Miu Miu, en el que unas brujas realizan un ritual macabro y convierten a una chica monísima en un vestido que hace las veces de icono religioso.
Y llega Polanski con sus cuartos cerrados llenos de espejos que reflejan lo que queremos enterrar. Con una Bonham Carter que cuando se quita sus zapatos de Prada, deja de ser esa mujer poderosa y sofisticada y ya no tiene reparos en decir “mi padre me lo dejó todo pero estoy sola, porque el dinero es una maldición” Y un Ben Kingsley que recuerda demasiado a Trelkovsky, el protagonista de “El Quimérico Inquilino”, el paranoico que se viste con las ropas de Simone Choule, la anterior inquilina de su apartamento, y acto seguido se mira al espejo, para reconocerse en ella.
Fetichismo, psicoanálisis, conflicto de identidades e identificación con la víctima. Polanski vía Prada es más Polanski que nunca. Prada, con Polanski, es más Prada que nunca: ha conseguido hermanarse con un mito viviente (cosa que ahora viene muy bien, que hay que marcar la diferencia como sea) y a través de él ha podido plasmar las inquietudes, la rebeldía, la iconoclastia y la transgresión que vertebran su marca. Todo implícitamente, como a ella le gusta, pero a la vez todo muy expuesto, como en unabuena terapia psicoanalítica.
Polanski dice que es un antianuncio, y yo creo que el concepto antianuncio no le puede gustar más a Miuccia. También dijo algo así como “es refrescante saber que hay lugares abiertos a la ironía, al ingenio. Y Prada es uno de ellos” No me extraña que Suzy Menkes dijera que Miuccia era “The mistress of all of us” Prada suits everyone. Nos la mete doblada siempre. A mí por lo menos.
Ah, y no sé si os habéis dado cuenta. Pero ella, tan al día en esto de las nuevas tendencias y los nuevos canales, no tiene Twitter ¿mola o no mola?
Escribe CatyShark de Aragón | ilustra Pitina Caleya.
The trembled blossoms sale en una de las transiciones del Sticky and Sweet Tour de Madonna. Cuando lo vi casi me da un parraque
Oi qué me dices! Voy a buscarlo!