— Los fashionpedists

MAD MEN. El retorno del sí pero no, el no pero sí y qué bonito todo.

Ha vuelto. Y, con ella, los reportajes sobre lo maravilloso que es su estilo, los consejos para copiar la apariencia de sus protagonistas y los looks dudosamente inspirados en ella. El “ladylike”, el “babydoll”, el “qué guapa Joan” y, desgraciadamente para algunos, la “moda de los 50”, porque debe haber gente a la que JFK, Nixon o Bob Dylan les suenan a muy antiguo o que cree que en los ’60 todo el mundo era muy hippy y llevaba muchas flores. Menos mal que se beben hasta el agua de los floreros, si no ya habríamos leído posts hablando de sus similitudes con Broadwalk Empire y la ley seca…

En cualquier caso, servidora es muy fan de Mad Men, evidentemente no sólo por el vestuario pero también por el vestuario. No creo, sin embargo, que por mucho Michael Kors, mucho Prada y mucha colaboración con Banana Republic, su estilo se haya convertido en una tendencia aplastante, simplemente en una tendencia a tener en cuenta, una especie de “alerta: revival” que, afortunadamente, nos recuerda que los ’60 fueron algo más y que no sólo de rescatar el pantalón campana y los kaftanes vive el hombre.

El tema es que, al margen de lo fan que sea de la época (que lo soy) y de los modelitos (que lo soy, y mogollón), lo que me fascina de Mad Men es la importancia que cobran los detalles, el rigor con el que tratan cada elemento visual. Sí, la ambientación es impecable; la estética en su conjunto, las referencias a sucesos históricos y a elementos culturales reales hacen que la historia case perfectamente con su época.

Pero más allá de eso (que ya es mucho) la importancia que logran tener la escenografía y el vestuario, no ya con referencia a su periodo, sino dentro de la propia historia, es de quitarse el sombrero, hacer la ola y echar una lagrimilla. Un buen director de vestuario sabe ambientar, sabe innovar, sabe crear hitos indumentarios que sean recordados en el tiempo pero, sobre todo, sabe expresar la piscología de los personajes a través de los trapitos que les pone encima. Y eso, Janie Bryant no es que lo sepa hacer, es que lo borda:

(Aquí los más listos pueden inferir SPOILERS. Si lo lee y no ha visto la serie, intente no inferir)

  • Don. Ay, Don. Con su traje gris, su corbatita slim, sus camisas impecables. Todo en él es tan impoluto, tan perfecto, tan bien cortado que parece hasta irreal. Y es que, igual, es irreal. Don se esconde detrás de sus detalles, se (en)cubre con sus decenas de camisas bien planchadas. Nada en él llama la atención si no es la pulcritud del conjunto. Nada está dejado al azar, nada le aporta un toque original y personal. Todo en él es elegante, pero al mismo tiempo todo es demasiado perfecto y por perfecto, un poquito reprimido. Su traje es su uniforme; con él Dick Whitman se disfraza de Don Draper. Y se nota.
  • Adoro a Betty y a la vez me da mucha rabia. Pero es que esa capacidad de mimetizarse con sus distintos roles de esposa consorte es para hacerle la ola. Ese puntito de ama de casa abnegada al que no le falta detalle, de esposa salida de una postal de familia americana en casa residencial, con sus tea dresses, sus trajecitos de hípica, sus camisones de satén y, de repente, ese cambio al traje recto, a Jackie Kennedy de extrarradio, a mujer de congresista. Como si quisiera ser portada de revista de su propia vida; portada de una revista para mujeres casadas con guapos creativos de éxito, portada de una revista para mujeres de políticos de éxito. Y claro, el perfecto maniquí es lo que tiene, que no puede evitar que la vean y verse a sí misma como un maniquí. Y lo de la procesión va por dentro pues también es lo que tiene, que las neurosis que acarrea a veces no van tan por dentro…
  • Joan, sin embargo, es muy consciente de sí misma, para bien y para mal. Sólo alguien muy consciente de sí mismo se puede embutir en esos vestidazos. Pero si hay algo que une a la mayoría de los personajes de Mad Men es que todos fingen ser quien no son pero no pueden evitar serlo. Por eso la ropa los esconde y a la vez los delata de maravilla. Por poner un ejemplo, el vestido ajustadísimo, llamativísimo, rosa y negro, con el que nos deleita en su visita a la agencia en el primer capítulo de esta temporada. Un vestido que es too much hasta para ella, un vestido que dice a gritos: ahora soy madre y esposa, un poquito a mi pesar, pero sigo siendo Joan, más Joan que nunca. Olé yo y mis nalgas, aunque luego llore por dentro.
  • La evolución estética de Peggy quizá sea la más notable, y no por ello deja de ser de las “peores vestidas”. Ella parece buscar referentes todo el rato. En tres temporadas, los planos junto a Don nos dicen por lo bajini que quiere llegar a ser su alter ego; sus colores son los de él, sus estilo aspira a ser el de él en versión femenina. Ahora, Peggy se ha convertido en lo opuesto a Megan; absolutamente moderna, absolutamente cool, absolutamente espontánea. A los colores, estampados y camisas abiertas de una, los azules oscuros, las rayas y los cuellos altos de otra. A fuerza de empeñarse en que la respeten por su trabajo y su intelecto, probablemente Peggy envidie en silencio a los que son deseados por su cuerpo.
  • La estética de Pete y su mujer es muy de nuevo rico con parcela y barbacoa. La de Jane Sterling muy de señora marbellí, que al fin y al cabo es lo que Roger merece. Por Sterling Cooper pasaron creativos que coqueteaban con la estética beatnik, y por Sterling Cooper Draper Price pasarán probablemente jovencitos que coquetearán con la estética mod e incluso con la hippie (a ver si así acabamos de enterarnos de que estamos casi a finales de los ’60)

Mientras tanto, del final de la cuarta al principio de la quinta temporada ha pasado un año, y el cambio en la moda se ha dejado notar. Como se notço (y mucho) en otras temporadas con respecto al principio de la serie. Es 1966, Pucci está en lo más alto, Valentino es el nuevo niño mimado, Courrèges acaba de lanzar su era espacial. El Swinging London empieza a exportar mods al mundo. Se estrena Blow Up… Que sí, que habrá mucho lady, pero también, mucho estampado, mucha prenda suelta, mucho color, mucha mini y muchas cosas muy poco lady y, por supuesto, muy poco ’50.

A la vez, cada personaje irá adptándose a los cambios estéticos y a sus cambios vitales según su propio carácter y, por lo tanto, según el papel que otorgue cada uno a su imagen. Mad Men es rigor histórico, rigor estético, elegancia, despliegue de medios, lo que quieran. Pero Mad Men es sobre todo un ejercicio magistral de vestuario: una historia en la que sus protagonistas se esconden detrás de su imagen, creen que el hábito hace al monje y, pese a todo, a veces nos enseñan que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Por muy trendsetter y muy buena que esté la mona.

Escribe CatyShark de Aragón | ilustra Syl St

5 comments
  1. Di says: 3 abril, 20129:06

    Bravo.

    Y ahora que vengan de alguna revista y te lo copien.

  2. tina says: 3 abril, 20129:12

    Ole ole y ooooleee! TOma post, creo que me despertáis más que el café…

  3. Minervísima says: 3 abril, 201212:41

    Fetiche!
    #orfidal50′s

  4. [...] último, el post que le dedican Los fashionpedists a los estilismos de los personajes de Mad Men y su relación con las personalidades de cada uno. Como dicen en el post: Un buen director de [...]

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