— Los fashionpedists

Firma la petición en Actuable para que cierren Dior

O al menos para que dejen de considerarla marca de moda. O para que se pidan una excedencia, se queden un ratito sin amigos, reflexionen y vuelvan con planteamientos renovados. Puede que mi postura sea muy nihilista, muy egoísta y, sobre todo, muy idealista, pero éste es nuestro blog y peticiones peores se firman por ahí.

Si la Moda consistiera en saber diseñar y vender vestidos (que no es así) o en intentar crear cada cierto tiempo códigos indumentarios renovados (que, por supuesto, tampoco es así) Dior debería cerrar por vacaciones. Pero como, por suerte o por desgracia, la Moda es otra cosa, ahí está la marca, haciendo y deshaciendo desde hace casi setenta años. Me explico:

1947. Llega Christian y propone una silueta nueva novísima; metros de tela noble, formas que remiten a los inicios del siglo, actitudes que se oponen a la austeridad y la sobriedad reinantes. Y claro, lo peta. “It’s such a New Look!”(sic) El mundo está devastado, arruinado, avergonzado y en reconstrucción, pero en América están de fiesta de Nochevieja. En América están haciendo borrón y cuenta nueva, olvidando, celebrando y saliendo a la calle con sus mejores galas. Eso que algunos llamaron el período Camelot, y que consistió en un intento de recuperar los felices años 20, fue la gallina de los huevos de oro de los creadores parisinos. Y eso Christian (y Marcel Boussac, el que ponía la pasta) lo sabían mejor que nadie. Su New Look parece haber sido pensado para ser un súperventas al otro lado del charco; al año siguiente, tienda en Nueva York y puesta en marcha de toda una maquinaria de venta de licencias allende los mares muy bien gestionada.

Se crea una marca muy bien creada y, al mismo tiempo, se vuelve a recuperar la fe en la Alta Costura. Traducción: las americanas se vuelven locas y los franceses, muy de hacer de todos los éxitos una cuestión patrimonial, encumbran a la Casa Dior. Pero ya está. Nada más (y nada menos). Vuelvo a explicarme:

Christian muere diez años después de haber montado su firma. Lo sucede (dicen que por petición expresa del diseñador) el niño bonito, la gran promesa: Yves Saint Laurent. El argelino se va desligando poco a poco de la silueta propuesta por Christian. A los tres años, colección basada en los beatniks mediante, Boussac lo manda a freír espárragos de muy mala manera y Marc Bohan, segundón en la firma, lo sustituye.

Bohan sí respeta las líneas y las maneras de señora de rancio abolengo propuestas por Christian y se queda treinta años. Treinta cíclicos y aburridos años. En ese tiempo, Dior se convierte en el rey de las licencias y lo vende absolutamente todo a excepción, quizá, de las prendas. Mantiene su nombre como marca de Costura, se hace un hueco de honor en el lujo francés, el único que parecía importar a base de vender colonias, bolsos, ropa de bebé y pintalabios. Como muchos otros. Como la mayoría de las firmas centenarias que vienen de París, sí, pero con alguna diferencia notable:

Chanel no cambió la silueta, cambió el modo en que la mujer percibía su propio cuerpo y su papel dentro de la sociedad. Y lo hizo proponiendo un uniforme muy distinto y muy reconocible , un uniforme que Karl Lagerfeld reformulará hasta la saciedad y que, en cien años, no ha pasado de Moda. Yves no era amigo de los uniformes, al contrario, lo suyo fue la invención de estilos, la experimentación y el juego entre la calle y el palacio. Instauró una nueva forma de diseñar e ideó un puñado de prendas que seguirán en el recuerdo y en el armario. Christian Dior propuso un cambio de silueta y creó un hito indumentario, pero no le dio tiempo a más. Este hito pasó de moda pero siguió recreándose sin mucho sentido y, en el proceso, se hartaron a vender cientos de productos bajo la excusa de ser “una casa de Costura”.

En ese período de decadencia del chic y de poner nombrecitos de diseñadores a cualquier objeto imaginable que fueron los 80, llega Arnault. Y si Boussac fue listo, Arnault lo es más. Dior, con Bohan aburriendo a las cabras y con sus miles de licencias a lo rastrillo llevaba años siendo insolvente. Cómo estaría la marca para que Arnault dijera a los medios que “la había comprado por un franco”.

Con Arnault al frente, se pira Bohan y llega Ferré. Igual yo estoy equivocadísima, pero no me viene a la mente nada reseñable que hiciera Ferré al frente de Dior. Nada. Eso sí, Arnault, listo como el hambre, empieza a quitar el nombre de Dior a los mil productos que lo llevaban, mantiene las licencias justas y necesarias y el crédito social vuelve a la firma. Dior empieza a crecer porque vuelve a ser aspiracional. Y ¿qué hace falta para volver a insuflar aura de lujo, aspiración e inaccesibilidad a una firma? Resucitar la Costura. Persuadido por la Wintour, en 1996 Arnault pone a Galliano al frente. Locurón. Si Dior había logrado asociar su nombre a lujo durante cincuenta años, con Galliano ambos se funden y, durante un buen puñado de años, Dior es sinónimo de lujo y lujo es sinónimo de Dior.

Galliano convierte los desfiles en un evento artístico, maravilloso, pero artístico. Reinventa mil veces el dichoso New Look, pero también la indumentaria napoleónica, la egipcia, la circense y hasta la indigente. La bomba, vamos. Dior se relaciona con las locuras geniales del gibraltareño, gana reputación, se hace muy rentable. Probablemente venda poca ropa, pero bolsos y colonias a cascoporro. Las locuras gallianescas están para eso, para convertir un pintalabios en un fetiche.

Pasan quince años, Dior es conocido por cualquier persona y en cualquier rincón planetario, las señoras que tienen status o quieren simularlo hacen cola en sus tiendas. J’adore, mucho oro, viva el logo, en Asia se tiran de los pelos. Quince años de Galliano, un buen puñado de desfiles para el recuerdo, un agotamiento extremo, un par de colecciones no tan epatantes, Arnault se acuerda de Boussac y de su poco tacto empresarial, humilla públicamente al de Gibraltar, le hace la trece catorce, ya no le necesitamos, ha cumplido con creces su labor de resucitador de nombres muertos. Otra vez otro segundón, Gaytten, año y medio de reformulaciones reguleras del consabido New Look. ¡Y dale otra vez con la herencia y el New Look!

Las ventas no sólo se mantienen, suben. Arnault deja bien claro que una marca de moda bien posicionada no necesita una cabeza visible, ni siquiera necesita diseñar, para seguir siendo eficaz. Galliano la recolocó, ahora funcionará sola. Funcionar, nada de crear. Paradojas de la vida. Sí, la Moda es un poco una mierda.

Lo de Galliano es evidente que no se puede repetir, porque sus maneras eran de artista, no de diseñador. Su labor fue la de emparentar a la Moda con el Arte para sumar enteros en la venta de cosméticos, complementos y camisetas con logotipo, nada más. No ha dejado herencia, no ha dejado recuerdos en las tiendas, sólo en las mentes. Y ahora llega Raf Simons, belga, es decir, geométrico, austero, minimalista, un poquito conceptual y en Julio tiene que firmar una colección de Alta Costura para Dior, teatral, voluminoso, femenino de los de antes, ostentoso de los de antes, lujoso en toda la extensión del término. La performance de Galliano vs. la misa solemne de Simons, los metros de tela que encumbraron a la firma vs. las formas puras que dieron fama al belga.

Y a mí me da un poco de miedo, un poco bastante. Simons puede que no sea sinónimo de lujo, que no resuene en la cabeza de todos los habitantes del planeta, pero Simons diseña, y diseña muy bien. Dior no, Dior es otra cosa, Dior es una marca, una máquina mejor o peor engrasada pero una máquina y el diseño sólo es uno de los muchos botones que la acciona.

Ojalá me equivoque y éste sea el inicio de un renovarse o morir. Ojalá no le pidan, como pidieron a todos, que tire de archivo y se acoja a las señas de identidad de la firma. Ojalá le dejen libertad o, al menos, ojalá le dejen mezclar sus señas de identidad con las de la francesa. Ojalá.

Por ahora sólo tenemos un comunicado oficial con una foto suya en la misma pose que Christian (que a mí me da muy mal rollo) y un debate sobre lo que puede pasar. Nada más. Pero yo quiero que Dior desaparezca, porque hay que avanzar y no cobijarse debajo de nombres que hace mucho que no representan nada. Dior tuvo una novedad muy novedosa hace más de sesenta años. Desde entonces sólo es una marca y sus señas de identidad, por mucho que se empeñen, no están en sus trajes, están en una idea clásica de lujo, en una gestión empresarial, en la venta de logos y de aspiraciones. No hay más archivo que el de diez años hace setenta, no

hay códigos ni revoluciones como la de Chanel, no hay prendas y estilos adaptables a la actualidad como los de Saint Laurent. No hay nada. Pero la Moda no es tener el talento de Raf Simons, la moda es otra cosa, y por eso Dior es Dior. Y por eso yo quiero que lo cierren, para que la Moda sea otra cosa.

Escribe Caty Shark de Aragón | ilustra Pitina Caleya.

3 comments
  1. lady K says: 13 abril, 201211:28

    Señoras, he de decir que en algún momento incendiario, he pensado lo mismo.
    Basta ya de carroñismo!

  2. Alfred besora says: 13 abril, 201212:30

    J’adore y te compro un parrot.
    Magnérrima!
    Peguémosle fuego.
    Beso, querida

  3. marta says: 13 abril, 201221:02

    Me acabo de hacer super fan tuya. Amén a todo lo que has escrito.

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