Los fashionpedists

Miguel Adrover. La vida es Toy Story y otras historias para comprar y no dormir

A los americanos les encanta contar y que les cuenten historias. Por eso, y por muy aburrida que nos pueda llegar a parecer en ocasiones, la semana de la moda de Nueva York es una de las más rentables. Sí, por las historias. Ahí tienen a Ralph Lauren, o a Calvin y el sueño americano del hombre hecho a sí mismo, materializado en una especie de Gran Gatsby pasando por Henry James en el caso del primero o en los frescos y despreocupados hijos de Norteamérica en el caso del segundo. O la de Levi Strauss y los mineros. O la de Vera Wang y las princesas de Park Avenue. Incluso la conversión de  Marc Jacobs en un cisne ciclado. Por eso el creador americano no suele ser un artista maldito o incomprendido, sino un artista de lo comercial, que trata a sus licencias con el mismo mimo que a sus colecciones, que analiza la decoración de sus tiendas hasta el más mínimo detalle, porque vende estilos de vida, vende historias, no trajes para el delirio o festines de creatividad.

Y quizá por eso los americanos encumbraron a Adrover, porque detrás de sus alegatos antisistema y sus salidas de tono había una historia vital que para sí quisieran muchas marcas actuales. A los americanos les encantan las historias, y a los residentes en Nueva York probablemente les encanten además las historias rocambolescas y las creaciones atrevidas y originales. Les sacan del hastío comercial y les hacen parecer más artistas de lo que su pragmática idiosincrasia les permite ser.

Pero ahí está Toy Story, metáfora de los tiempos modernos para decirnos que tan pronto como te encaprichas con un juguete nuevo, lo das de lado cuando deja de funcionar o de ser divertido (y eso no sólo los americanos. Eso todos)  Adrover ya no hacía gracia. Estaba, según algunos, haciendo apología del Islamismo. Da igual que fuera antes del 11-s, su colección “Utopia” no era la defensa de una ídem multicultural, sino una irreverencia profundamente antiamericana. A los americanos les encantan tanto las historias que todo lo leen según una estructura narrativa: el bueno, el malo, el conflicto y el triunfo de la bondad y la justicia. O estás conmigo o estás contra mí. Y, como en Toy Story, el juguete del East Village se había rebelado.

A todo el mundo le gusta que le cuenten una buena historia, porque emociona. Y la emoción va antes que el dinero en esto de la Moda. Pero es curioso que en América ese sentimiento llamado indignación suponga la retirada de crédito (de dinero y de fe) y en España sea motivo para todo lo contrario: muy poco después del 11-s  David Delfín supo jugar muy bien sus cartas con Cour Desmiracles. Se escudó en Magritte y en Buñuel, pero los telediarios vieron burkas y mujeres ahorcadas. Demasiado obvio como para que al creador esto le pasara desapercibido. Y muy bien que hizo. Y bien listo que fue al darse cuenta de que aquí la polémica firma cheques de muchos ceros, de que aquí el diseñador, si es “artista”, dos veces diseñador. Por eso el crédito (el de la fe, el económico cada vez menos) le sigue durando, años y varias colecciones desiguales después. Quizá no podamos nunca crear una identidad propia, y por eso la única historia que nos mueve es la de los enfant terribles ingleses y parisinos, sin reparar en que éstos tienen una marca que los respalda o una gestión magistral o un historia mejor que contar. Aquí los juguetes se dejan de lado por otros motivos, no porque dejen de divertir o se les acaben las pilas. Y eso que Toy Story fue un éxito de taquilla.
El caso es que Adrover volvió a la juguetería neoyorkina la semana pasada después de unos años de silencio y una colaboración poco fructífera con una marca ecológica alemana. Y su colección estaba inspirada en señores del Amazonas que tras contemplar cómo kilos de ropa caen del cielo, no saben muy bien cómo ponérsela. Ahí es nada. Ésta es, probablemente, una historia que nadie ha contado. Nuevamente, nos encontramos ante propuestas nacidas de la reutilización de prendas anteriores. Trajes en los que se ven vestigios de su vida anterior y se nota el proceso por el que han tomado nueva forma. Ésta historia sí la ha contado y la cuenta mucha gente hoy, pero, otra vez probablemente, pocos la hayan contado antes que él y la cuenten como él.

Sí, me encanta Adrover, porque me encantan las historias y porque he de confesar que caigo muchas veces en lo que critico. Vamos, que me autoengaño mogollón. Me encanta su historia de supervivencia y de aventuras sin fin, y me importa poco si es totalmente cierta o sólo la mitad. Me encanta que se ría y demonice los postulados sobre los que se afianza la industria de la moda haciendo moda. Y que muerda la mano que le da de comer y se meta con el consumo desfilando en la cuna del consumo. Por el mismo motivo que me gustan Margiela o la Kawakubo (con los abismos que los separan de Adrover), o sea, porque me fascina la moda irónica, que se ríe de sí misma, que distingue entre profanos e iniciados, que tiene algo que decir. Saber que la industria misma es capaz de arrodillarse ante aquellos que la corrompen o fingen corromperla desde dentro y salir no sólo indemne, sino reforzada, después de rendirles pleitesía, es algo que nunca dejará de asombrarme.

Aparentemente, para esta humilde servidora, Adrover tiene todo lo que odio: un desdén hacia lo comercial y un look y unas producciones aparentemente “perroflautas”. Y lo adoro, porque ha presentado una de las colecciones más impracticables de su carrera (sí, tiene cosas mucho más funcionales, si la funcionalidad existe) justo ahora que necesita dinero, respaldo y proyección. Pero tal vez él, en su fuero interno, se considere un artista, como le consideran sus amigos americanos. Yo empiezo a plantearme si es un diseñador con un grandísimo talento o un artista de los de antes. No hace moda, hace metamoda, es decir, crea a partir de sus reflexiones acerca del propio sistema del look y el consumo acelerado. No parece tener intención de vender ni una sola prenda. Su desfile nace y muere en las cosas que tenía guardadas en su armario, luego la producción en serie es imposible. Abre bocas y desata aplausos, emociona como nadie, y ahí se queda.

Decía Kant que la experiencia del arte es tal porque es desinteresada. Y yo pienso en Adrover. Y en sus historias, y en su propia historia. Y pienso en él como en el cliché del artista conceptual. Pero a la vez creo que si hiciera una línea de camisetas, correría a comprármelas. Quien me entienda que me compre, y de paso, que financie a Adrover, que ahí sí hay una buena historia por contar.

Escribe Caty Shark de Aragón | ilustra Syl St

3 comments
  1. calamarin says: 17 febrero, 201212:27

    Nunca me gustó Adrover, alguna que otra prenda, poco más… Pero esta colección me ha encantado, puede que me pillase en pleno proceso gripal y con las defensas muy bajas, pero realmente me ha gustado y mucho.

  2. [...] Desde Los Fashiónpedists: [...]

  3. Los fashiónpedists says: 28 febrero, 201211:13

    Hala! muchas gracias! y entre blogs de referencia para nosotros! oioioi!

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