Fortuny, Proust y los Ballets Rusos
Alguien dijo, al salir del estreno en 1913 de La consagración de la Primavera, algo así como que cualquier crónica posterior que fuera a leerse no tendría nunca nada que ver con lo que allí dentro acababa de vivirse. La línea ascendente que, en la evolución de las artes escénicas, había llevado a buscar siempre una experiencia más espectacular, más envolvente, integrando imagen, sonido y atmósfera, llegó sin duda a su punto más alto precisamente en aquel año, cuando Europa vivía la agonía de un modo de vida destinado a desaparecer para siempre con el estallido de la Gran Guerra. Sin duda, aquel era un espectáculo diferente.. Nicholas Roerich, su escenógrafo y figurinista, conocedor de las religiones arcaicas, plasmó con el mayor de los aciertos lo que él dio en llamar “esa hermosa cosmogonía entre la Tierra y el cielo”: en los movimientos primitivos de unos bailarines que saludan la llegada de la primavera, el artista ruso supo aglutinar el folklore de su lugar de origen, la fluidez de las túnicas y vestidos clásicos y el colorismo propio de las vanguardias de su tiempo.
Y es que si algo define la labor de los Ballets Rusos, al margen de la revolución que supusieron para la danza clásica, fue la irrupción, en el mundo de los escénico, del exotismo y el colorismo de culturas que hasta entonces habian permanecido fuera de los teatros. El orientalismo que desde mediados del siglo XIX venía envenenando el imaginario del hastiado público occidental subió a los escenarios mediante una refinadísima formulación que combinaba el folklore con la pureza formal del modernismo y la pasión geométrica de las vanguardias. En resumen: la síntesis del arte moderno, la convivencia de lenguajes dispares:unión de tradición y vanguardia, de folklore y geometría, de cortes clásicos y estampados cubistas. Y unión de pintores, escritores, músicos y diseñadores al servicio de Diaghilev, que ya en su Rusia natal intentó hacer realidad esta “obra de arte total” que anhelaba Wagner.
Como afirmaba nuestro cronista anónimo, resulta imposible imaginar lo que debieron sentir los primeros espectadores de aquella prodigiosa revolución. Que los ballets rusos significaron un punto y aparte en la historia estética del siglo XX es algo indudable si tomamos en cuenta la cantidad de referencias y de elogios que todavía encontramos cuando repasamos cualquier tratado artistico de la época. Muy pocos se resistieron al fabuloso vigor creativo de aquellas escenificaciones que, por primera vez en siglos, no se parecían a nada conocido.
Antes de que Delaunay probara sus experiencias cromáticas en vestidos y blusas, antes de que Schiaparelli se aliara con Dalí, antes de que los futuristas quisieran poblar Italia de tutas, Bakst reformulaba el folklore del Este de Europa mezclándolo con tejidos, cortes y estampados propios de la vanguardia artística, Coco Chanel vestía con bañadores de punto a bailarines acostumbrados a uniformes completamente antagónicos, Matisse reivndicaba el fauvismo en tutús estampados o Picasso diseñaba telones que profetizaban su etapa cubista. Sin duda, fueron unos años tan fecundos y revolucionarios que su simple mención basta para inducirnos al suspiro continuo.
Por eso, la recuperación de la herencia estética del mundo visual de los ballets rusos era una asignatura pendiente para todos. Afortunadamente, el Caixaforum de Madrid acaba de inaugurar una exposición que, aunque estamos en febrero, podemos calificar ya como el evento del año. Prueben a pasear entre sus pasillos y vitrinas. No saldrán indemnes. Es lógico. Aunque la documentación y los bocetos nunca pueden devolvernos la experiencia única de aquellos espectáculos, sí nos permiten apresar un poco de aquella explosión de belleza que conmocionó Europa.
Y, para acompañar su visita, no podemos resistirnos a recomendar una joya literaria que ha editado recientemente Elba Editorial. Se trata de un opúsculo de Guillermo de Osma, uno de esos hombres de cultura enciclopédica y valiosísima, un esteta irreprimible que nos ha dejado, sin ir más lejos, el estudio más completo hasta la fecha de la vida y la obra del gran (reverencia) Mariano Fortuny y Madrazo. Precisamente esta obra traza una línea casi espiritual entre Fortuny, Proust y los Ballets Rusos. Casi nada. Con una prosa elegante y precisa, Guillermo de Osma nos traslada a aquella Europa agonizante, en la que Venecia se había convertido en un símbolo perfecto de la unión espiritual entre Oriente y Occidente. De su mano, recorremos los salones de la alta sociedad, los mismos círculos que inspiraron las ensoñaciones de Proust y que aplaudieron las innovaciones creativas y estilísticas de Fortuny y Bakst; ese mundo en el que, si fuera posible, mataríamos por vivir sólo unos minutos.
Porque si antes de la unión entre moda y vanguardia, e incluso antes de la llamada liberación femenina, estuvieron los Ballets Rusos, un par de años antes de su puesta en marcha, allá por 1903, la bailarina india Ruth Saint Denis sorprendió a su selecta audiencia envuelta en un Knossos, una especie de chal a la manera del que llevaban las cariátides griegas y que dejaba ver el contorno de su cuerpo a la vez que llenaba de ligereza cualquiera de sus movimientos. Igual que, meses antes de que comenzara la andadura de Diaghilev en Europa, él y su equipo visitaron a uno de sus referentes, Isadora Duncan, revolucionaria de la danza y del vestido. Isadora, subyugada por la estética del mundo griego, tomó el Delphos de Mariano Fortuny como su uniforme.
O Proust, entusiasta del trabajo de Diaghilev y que a su vez encontró en la obra textil de Fortuny la inspiración para su heroína Albertine, cuyos vestidos recordaban a la Venecia renacentista y a la Grecia Clásica al mismo tiempo que suponían una innovación y una transgresión dentro de las normas indumentarias de su tiempo. Como las piezas diseñadas por Bakst o Benois o las melodías compuestas por Stravinsky o Satie. El tiempo recobrado del escritor francés es también el de los vestidos, tan profundamente tradicionales como absolutamente modernos, de estos renovadores del vestido y del movimiento.
Escriben CatyShark de Aragón y Mariano José de Farra | ilustra Pitina Caleya
Fortuny, Proust y los Ballets Rusos
Guillermo de Osma
Editorial Elba, 2010
Los Ballets Rusos de Diaghilev: 1909-1929. Cuando el arte baila con la música.
Del 17 de Febrero al 3 de Junio
Caixa Forum Madrid

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