— Los fashionpedists

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27 febrero 2012 Monthly archive

- Syl (20:32) Primera fila. Fronrou. Mantendré mi aura de cocainómana con tamaño pseudochándal.
- Caty (20:32) Megafron. Vestida de monje con vaqueros.
- Syl (20:33) Y bien mona vas, de lo que somos. Pues el cubresillas es de buen género.
- Caty (20:33) Cartujo total look.
- Syl (20: 33) Si los mangamos podemos hacer negocio en la salida de Oporto.

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Alguien dijo, al salir del estreno en 1913 de La consagración de la Primavera, algo así como que cualquier crónica posterior que fuera a leerse no tendría nunca nada que ver con lo que allí dentro acababa de vivirse. La línea ascendente que, en la evolución de las artes escénicas, había llevado a buscar siempre una experiencia más espectacular, más envolvente, integrando imagen, sonido y atmósfera, llegó sin duda a su punto más alto precisamente en aquel año, cuando Europa vivía la agonía de un modo de vida destinado a desaparecer para siempre con el estallido de la Gran Guerra. Sin duda, aquel era un espectáculo diferente.. Nicholas Roerich, su escenógrafo y figurinista, conocedor de las religiones arcaicas, plasmó con el mayor de los aciertos lo que él dio en llamar “esa hermosa cosmogonía entre la Tierra y el cielo”: en los movimientos primitivos de unos bailarines que saludan la llegada de la primavera, el artista ruso supo aglutinar el folklore de su lugar de origen, la fluidez de las túnicas y vestidos clásicos y el colorismo propio de las vanguardias de su tiempo.

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A los americanos les encanta contar y que les cuenten historias. Por eso, y por muy aburrida que nos pueda llegar a parecer en ocasiones, la semana de la moda de Nueva York es una de las más rentables. Sí, por las historias. Ahí tienen a Ralph Lauren, o a Calvin y el sueño americano del hombre hecho a sí mismo, materializado en una especie de Gran Gatsby pasando por Henry James en el caso del primero o en los frescos y despreocupados hijos de Norteamérica en el caso del segundo. O la de Levi Strauss y los mineros. O la de Vera Wang y las princesas de Park Avenue. Incluso la conversión de  Marc Jacobs en un cisne ciclado. Por eso el creador americano no suele ser un artista maldito o incomprendido, sino un artista de lo comercial, que trata a sus licencias con el mismo mimo que a sus colecciones, que analiza la decoración de sus tiendas hasta el más mínimo detalle, porque vende estilos de vida, vende historias, no trajes para el delirio o festines de creatividad.

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De repente, la pasarela desapareció.

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