— Los fashionpedists

Hola, soy escritor. No soy anacrónico , soy eterno y otras frustraciones gratuitas

Los Fashionpedists, como buenos culturalistas, creemos que pocos atributos nos vienen de serie. El amor por el fucsia y /o el leopardo, el chándal como opción vestimentaria, la reggaetonfilia o la relectura en bucle de Jorge Manrique tienen que ver con la predisposición genética. El resto no, el resto se aprende. Saber escribir no es un don, es un talento que se logra tras leer y escribir mucho. Y como todos los talentos que requieren disciplina, el escritor no acaba de escribir ni de leer nunca, porque no hay una cima esperando su llegada. Hay un horizonte, que puede estar más cerca o más lejos, pero que nunca se alcanza.

Esto, como todo lo que pueden leer en esta su web amiga, es una opinión, más o menos formada o informada, pero una opinión al fin y al cabo. Y porque creemos en lo que opinamos, nos fascina mucho ese tipo humano que, a veces, ni él mismo se cree lo que opina, que aflora en las sociedades actuales pero que bebe de las de hace tres siglos, dos o incluso cincuenta años: el escritor genial, el genio incomprendido, el incomprendido frustrado y frustrado que quiere ser un incomprendido.

El otro día, la que esto escribe estuvo en el festival eñe. No es bibliófila, y justo por eso echó mucho de menos a Mariano José de Farra para informarle sobre quién era quién y quién hacía, qué. Aún así, algo leo. Y aunque el festival resultó ser un plan maravilloso, me llamó la atención comprobar cómo entre ciertos ponentes y cierto público perdura esa idea del escritor dotado de un talento innato, socialmente incomprendido, absolutamente clarividente en cualquier ámbito y profundamente frustrado: soy escritor, ergo molo mazo, ergo soy bohemio, ergo mi reino no es de este mundo.

Pues oiga, usted, como escritor, tiene el mérito de sentarse a escribir y conseguirlo, y dado el tiempo que me lleva a mí terminar un simple post informativo, me resulta algo bastante admirable, pero no más que la labor de cualquier currante incansable bueno en su trabajo. Es cierto que su labor hace pasar buenos, malos, regulares o confusos ratos a mucha, poca, o casi ninguna gente, pero también lo logra la de los titiriteros, los que trabajan en Nestlé y los diseñadores de Zara. La bohemia es una cosa como muy de otra época; el que quiera tajarse que se taje, el que quiera cantar jotas en medio del Mercadona como ejercicio katártico que lo haga, pero hacerlo por seguir un estilo de vida de hace cincuenta años, y hacerlo porque se es escritor, pues no sé, así a bote pronto como que se me escapa la relación causal. Y su reino, querido, es de este mundo, porque usted se mete en atascos, le perturban los cambios de tiempo, los garbanzos le dan gases, la crisis le afecta en mayor o menor medida, tiene un ordenador encima de su escritorio y seguro que alguna vez ha visto Ana Rosa y, si me apura, Iker Jiménez.

Como admiramos mucho la función del escritor, pero nos desconcierta la gente que no lo ve como un trabajo, sino como ese don místico que nunca estará lo suficientemente valorado, admiramos a Luna Miguel sin ningún desconcierto. Y la admiramos más desde el viernes pasado, cuando se le pidió absurdamente que justificara por qué usaba Twitter, Facebook o tenía un blog, y básicamente dio a entender que porque le daba la gana. Muchos tienen Twitter, Facebook, linkedines, tumblrs y demás accesorios internaúticos y la critican por estar en las redes sociales, interactuar con lectores, autores, familia y amigos y no ponerse el cuello cervantino para mojar la pluma en el tintero mientras se bebe una absenta en una buhardilla con humedades. Frustración, y mucho despecho, y mucha envidia por no ser ellos los que tienen que justificarse, y por no tener veinte años. La Moda es un mundo de perras, pero la literatura, a lo visto, es un mundo de perros viejos que siguen ladrando las mismas consignas de hace dos siglos. Proust mola mazo, pero no porque no tuviera ordenador (por si algún escritor místico no se ha dado cuenta, no existían por aquel entonces), sino porque su obra es bella. No twitteaba, pero se carteaba con toda la gente a la que admiraba y mendigaba invitaciones a fiestas. A la vez se escribió una novela de siete tomos. Y así, muchos otros.

Hay gente, muy joven, muy vieja o muy de mediana edad, que ahora mismo (una y media in the morning) se está sentando a escribir o lleva horas escribiendo. Otra gente no puede dormir o no quiere dormirse leyendo lo que otros han escrito. Eso, para nosotros, es la literatura, disciplina y disfrute. Y podrá ser mejor o peor, pero es una carrera sacrificada, no un regalo de los dioses ni un mundo de profetas. Luna Miguel, y muchos otros blancos de la envidia, escribe, poemas o blogs, pero escribe, mientras los que la miran por encima del hombro llevan siglos intentando sacar esa inspiración que todos están seguros de llevar dentro pero poco son capaces de plasmar en papeles, pantallas , tweets o estados de facebook. Y eso hacen, pararse y mirar.

Escribe Caty Shark de Aragón, Ilustra Syl St

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