— Los fashionpedists

Carlos Sáenz de Tejada. El tiempo perdido y el tiempo recobrado.


A la sombra de las grandes exposiciones de la capital, la muestra antológica de ilustraciones de Carlos Sáenz de Tejada podría haber pasado desapercibida para el público madrileño. Sin embargo, no ha sido así. Cuando entro en el Museo ABC, en una tarde lluviosa prematuramente oscurecida, me sorprende ver distintos grupos de personas observando los dibujos que llenan los muros de la fantástica sala subterránea de este centro de arte inaugurado hace no demasiado. Ante las imágenes, comprendo que, en efecto, no se trata de una gran exposición. Ni falta que hace. Las delicadas ilustraciones de Sáenz de Tejada matizan levemente una época de la moda que creemos conocer a la perfección y, en su carácter sintético, publicitario y casi anecdótico, son un elegante divertimento para aficionados a la moda y a las artes gráficas de la belle époque. Como nosotros, por ejemplo.

Porque de eso se trata. Sáenz de Tejada era un chico de buena familia que se forjó una cierta reputación como ilustrador reflejando las modas que las grandes casas presentaban en sus talleres parisinos cada temporada. En una época en la que las reproducciones fotográficas no daban para mucho, la ilustración era el medio más apto para transmitir los nuevos hallazgos de Chanel, Lanvin o Hermes. Además, permitía incluir mucho más que ropa, como apunta esta evocadora crónica. Por ejemplo, escenas protagonizadas por damiselas de un chic indecible en situaciones de una sofisticada vida cotidiana; lánguidas jovencitas charlando en salones art déco, envueltas en sinuosas composiciones de Vionnet, o aguerridas heroínas modernas demostrando su habilidad con el automovilismo, el tenis, el golf. Son estas últimas las más interesantes, las menos repipis y las más lúcidas en el ámbito plástico. El modo en que Sáenz de Tejada recrea la tecnología, el sport o los nuevos ambientes de la elegancia europea (por ejemplo, las estaciones de esquí) tiene mucho de futurista, de vanguardia, con recursos que estilizan la imagen y acentúan sus valores abstractos. Ahí es donde más brilla su genio y, precisamente por eso, se echan de menos más muestras de este estilo.

Dice una de las cartelas de la exposición que sus ilustraciones más vanguardistas y experimentales, marcadamente geométricas, desaparecieron hace años. Es una verdadera lástima, porque posiblemente en esas obras perdidas se encontrara la expresión más plena de su talento. Sus obras tempranas, a pesar de su pulcritud, está a años luz de la deslumbrante audacia compositiva y ornamental de los ilustradores modernistas de la generación anterior (y pienso en los maravillosos Federico Ribas, Rafael Penagos, Bartolozzi o José Moya del Pino, todos ellos autores que merecen una o dos retrospectivas como la dedicada a Sáenz de Tejada). La tendencia a la geometría y al rigor compositivo que observamos en el conjunto más interesante de obras (algunas de ellas verdaderas joyas de la estética futurista, cercanas al cubismo y al constructivismo soviético en sus progresiones de figuras y en sus detalles técnicos) revela al artista que Sáenz de Tejada pudo ser. Sin embargo, como decimos, esta tendencia se ve bruscamente interrumpida por la ausencia de ese conjunto de obras perdidas. Y, ya en fechas cercanas a la Guerra Civil, el estilo de Sáenz de Tejada se degrada considerablemente en aras de un cierto realismo escultórico infinitamente menos atractivo.

La etapa más pura, más art déco y más frívola de la carrera de Carlos Sáenz de Tejada había concluido, dando paso a un artista que, apenas cinco años después, se cubriría de una carísima gloria pasajera poniendo sus lápices al servicio del recién nacido estado Franquista. Tal vez fuese gracias a sus querencias con el Carlismo (que, desde el Marqués de Bradomín, no está exento de cierta gracia decadente), pero lo cierto es que Carlos Sáenz de Tejada pasaría a la historia como el ilustrador preferido para representar las glorias militares que el fascismo encumbró en ese despropósito ético y estético llamado Historia de la Cruzada Española, y en muchas otras muestras del costumbrismo kitsch y épico tan caros a los mandamases de la dictadura surgida de las filas del alzamiento nacional. Aunque de todo esto no hay ni rastro en la exposición. No nos extraña. En este caso, bien podemos decir que ojalá se hubiese quedado en París haciendo figurines, que no se le daba nada mal, como demuestra esta exposición que bien merece una visita. Desde luego, resulta al menos paradójico que, hoy, el dibujante más ilustre del franquismo tenga que presentarse al público bajo el aspecto de un inocente ilustrador de modas parisinas para hacerse digerible. Y no decimos más. Sólo apuntamos esto. Y lo dejamos ahí. Y punto. Pelota.

Escribe, Mariano José de Farra | ilustra Pitina Caleya

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