— Los fashionpedists

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30 septiembre 2011 Monthly archive

Retarded Style. Están entre nosotros. Contramanifiesto

Hay frases que, para nuestra desgracia, se convierten en frases hechas o incluso en refranes. Novelas que, en estos tiempos aciagos, se convierten en bestseller y crean escuela para futuras chapuzas. Películas chorongas que se vuelven de culto. Marcas que, gracias al consumo de cuatro o cinco despistaos, llegan a montar una franquicia en cada esquina y, si te descuidas, a gobernar el mundo. Tendencias que duran más de lo que deberían y se convierten en estilo. Y estilos que entraron por la puerta de atrás y no se van ni con agua caliente, como es el caso. No hay explicación sociológica posible para estos fenómenos; seguimos creyendo en la bondad del ser humano y averiguar la razón por la que adoptan ciertos hobbies o costumbres nos viene grande.

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Ámito y Dalmática. Razones para una antífona esdrújula

Visto lo visto, y dado el panorama actual de Madama Moda, a los Fashiónpedists sólo nos queda agarrarnos a un clavo ardiendo, al nihilismo o a la fe (eso va en gustos). Y en temas de streetstyle, la religión no se anda con chiquitas.

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Terror en el Museo. Tú al Bershka y yo a Oz. El desenlace

Y ahí, bajo la atenta mirada de nuestras tres musas, se mecía el ahorcado. “Si tú sujetas por los tobillos un maniquí, y yo me subo a sus hombros, quizás pueda alcanzarlo. Antes de ser
bloggera, fui animadora de los alevines del equipo de Baloncesto de Moratalaz. No me será difícil” repuso la joven altruista.

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Terror en el Museo. Capítulo tres. Elogio del maxibolso en situaciones de muerte inminente

Corrieron nuestras tres heroínas por los corredores en penumbra de un Museo que, ahora que lo pensaban, nunca había estado excesivamente bien iluminado. Como un animal furioso, la fallera enmascarada trotaba tras ellas blandiendo su sierra eléctrica. La cosa se ponía fea: la distancia entre ellas se acortaba cada vez más, y las infortunadas blogueras veían a la muerte acercándose a sus lindas cabecitas a pasos agigantados. Entonces, la veterana tuvo una idea genial. Sin dejar de correr y tratando de no enredarse en sus propios tacones, rebuscó en su maxibolso y extrajo una de sus felices pertenencias: un carré casi casi auténtico con motivos de caza. “Muy apropiado para este momento”, pensó la jovencita, dejando caer el pañuelo al suelo. La fallera pisó aquel escurridizo fragmento de polyester y dio con sus huesos en el suelo con tan mala suerte que quedó inconsciente. La sierra mecánica, en un rincón de la sala, siguió girando sola como una peonza olvidada. El peligro había pasado.

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