Fashiónpedia
Bartleby en el atelier. El silencio, la nada y la moda virtual.

Cuando un diseñador no diseña, puede ser por dos razones. La primera puede ser una marca fuerte y un ingente equipo de asistentes que hacen innecesario un control real del proceso más allá de un par de orientaciones generales. Así ocurre en casas muy consolidadas que no requieren una importante dosis de innovación para seguir funcionando. El otro caso se da cuando un diseñador, a pesar de contar con talento, con un estilo propio, con cosas que decir y con logros demostrables en todos los planos, se ve relegado al silencio por el sistema de la moda, el sindiós institucional e incluso por su propia falta de ambición o de visión comercial. Estos personajes que, en una actitud similar a la del Bartleby de Melville o el Kurt de Menéndez Salmón, optan por el silencio, abundan hoy en un mundo de la moda repleto de cadáveres en las cunetas y de Max Estrellas deambulando por los callejones del anonimato.
Ejemplo de esta actitud es Miguel Adrover, que tocó el cielo y fue relegado a las alcantarillas de la industria después de una serie de catastróficas desdichas. De su caso aprendimos que la corrección política la carga el diablo y que, en ocasiones, se tarda menos en acabar una carrera que en pulsar la techa SUPR en un ordenador. Adrover, que hizo colecciones memorables, eligió sus caballos de batalla en el peor momento posible y dio al traste con un tipo de moda que sólo podía tener cabida en el Nueva York pre-11S y que, después, ya no cabe en ningún sitio. Ahora leemos con devoción las entrevistas que concede esporádicamente y que parecen no arrojar demasiada luz sobre las siguientes etapas de una carrera truncada demasiado pronto y castigada por la mala pata.
O José Castro, cuyo caso no terminamos de entender demasiado bien. Nos fascina lo que hizo en París, ha demostrado en varias ocasiones que tiene un talento descomunal, pero parece bloqueado por la enfermedad secular de la moda española: la ausencia total de una clientela que pueda mantener más de un par de casas de costura. Y Castro nos gusta muchísimo cuando hace costura, pero bastante menos cuando hace colecciones para otras marcas o cuando experimenta hasta límites peligrosos. Puesto que la costura en España es imposible y en París es un círculo demasiado hermético en el que apenas sobreviven unos elegidos, vemos difícil el futuro de Castro. Aunque suene terrible, es posible que, hoy por hoy, no haya viabilidad para un proyecto como el suyo más allá de convocatorias aisladas e institucionales tipo “grandes creadores de la moda española reinventan el legado literario europeo en trece vestiditos conceptuales”. En los noventa, un perfil como el que se da en su caso habría sido contratado por una gran casa, a lo Galliano. Hoy, con el juego de las sillas y la endogamia de conglomerados empresariales varios, vemos difícil que el riesgo vuelva a formar parte del sistema.
Hay innumerables ejemplos de diseñadores que no diseñan. Por ejemplo, Paco Rabanne, que se ha enriquecido a base de licencias, o Pierre Cardin, que ha perecido sepultado bajo esas mismas licencias. También están todos esos diseñadores que han cedido sus marcas a nombres más jóvenes, como Mugler, aunque eso sí es comprensible y natural. O aquellos que inexplicablemente han sido relegados a la ignominia, como Galliano o Lacroix. Y, por supuesto, están todos esos diseñadores que desfilan en pasarelas varias, que hacen colecciones mix+match a base de subvención y que no producen. Hace apenas medio siglo, la moda era un oficio, un negocio que funcionaba para satisfacer las necesidades de la clientela. Hoy, el diseñador, encumbrado a la categoría de artista y obligado a sobrevivir en un mundo que
carece de la flexibilidad del artístico, vive en la virtualidad, construyendo vestidos en el aire y pintando visiones que languidecen y amarillean en carpetas. Desde niño, soñó con vestir a media humanidad y con una carrera larga y palpitante. Ahora vive en el silencio y trata de sobrevivir en la moda, un mundo virtual que, como Saturno, devora a sus hijos mientras reza para que el ruido de los fuegos artificiales tape el chirrido de sus mandíbulas.
Por Mariano J. de Farra | Ilustra Syl St
gracias por la entrada…me he sentido muy identificada con la comparación de los Bartleby.
Desde siempre he tenido vocación por el diseño de moda, pero rechazaba esa necesidad desanimada por el panorama. Hasta hace poco. Ha sido ese cada vez más triste y vacío panorama el que me ha devuelto las ganas para salir de la cueva e intentar cambiar un poco las cosas que estén a mi alcance…
PD: la muchedumbre cabreada con palos y antorchas queremos entrada sobre el último Nomada Market!