
Entre las pocas efemérides que le interesan a quien esto escribe, las relacionadas con Michael Jackson son quizás las únicas que tienen fuerza suficiente para cambiarme el día. Una mañana me cuentan que hace exactamente 25 años que Bad salió a la luz, y de repente todo cambia. Recuerdo entonces que entre los 11 y los 14 años no escuché nada que no fueran discos de Jackson, que Thriller fue el primer cd que me compré (de catálogo, porque llegué tarde al vinilo) y que a los trece años enredé a media familia para conseguir ver a mi ídolo, ya en decadencia, en un muy decadente concierto en Valladolid. Y recuerdo, sobre todo, mi cassette grabada de Bad, con su carátula fotocopiada en la que casi no se podían distinguir los rasgos ennegrecidos (ironías del destino) de una de las imágenes más icónicas de la historia del pop: Michael Jackson vestido de cuero, correas y tachuelas, estrenando cirugía, con las manos en los bolsillos y una mirada levemente (sólo levemente) amenazante. Y pienso, entonces, que por qué demonios no puedo escribir un post sobre esto.
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